La televisión es el medio de comunicación más poderoso que existe. La fuerza de su imagen, acompañada por el sonido, el movimiento y el color, y reforzada por los modelos físicos que aparecen en sus mensajes, así como por sus técnicas y recursos visuales, le otorgan características incomparables y valores pedagógicos que, bien utilizados, resultan de gran beneficio para la sociedad.
No está obligada a valerse de la palabra impresa como los periódicos y las revistas para presentar la información. Su objetivo es mostrar, de manera directa, a los ojos y la mente del público, buena parte de los hechos que también aparecen en los medios escritos.
Y, sin embargo, para aprovechar al máximo sus posibilidades, la televisión sigue dependiendo de las palabras. Por ello, uno de los elementos esenciales de los programas televisivos es un buen escritor. Su capacidad para expresarse con claridad, su inteligencia, formación, criterio y conocimiento del medio pueden marcar la diferencia entre un programa de calidad y uno deficiente. Es un error pensar que el estilo de escritura para televisión es más fácil o menos exigente que el de los medios escritos.

El escritor de televisión debe lograr que el contenido capte y mantenga la atención del público. Su estilo debe estar pensado para ser leído en voz alta y debe considerar que existe una constante competencia entre la imagen y el sonido: el espectador puede dejar de prestar atención a las palabras si estas no coinciden con lo que ve.
El estilo de la televisión informativa puede ser menos formal que el de la radio, adoptando un tono cercano, casi conversacional, ya que el presentador establece una comunicación directa, aunque unilateral, con el público. Esto no implica que deba ser descuidado o excesivamente coloquial.
Las frases deben ser cortas y sencillas, en beneficio tanto del comunicador como de la audiencia. La estructura básica de la oración -sujeto, verbo y complemento- es fundamental, aunque no todas las oraciones deben ser completas. Los adjetivos innecesarios, los adverbios recargados y los verbos grandilocuentes no tienen lugar en el lenguaje televisivo.
Cabe señalar que las exigencias técnicas y la cantidad de personas involucradas en los informativos de televisión hacen que su planificación deba ser más rigurosa que la de la radio.
Las noticias se organizan en función de su importancia, desde lo más inmediato y relevante hasta lo más contextual o duradero. Los acontecimientos recientes ocupan un lugar prioritario en los programas informativos, mientras que los contenidos de análisis o reportajes aportan profundidad y contexto.
La televisión informativa es, en esencia, un retrato de la realidad: una presentación concisa y veraz de los hechos que influyen en la sociedad. El público acude a estos espacios en busca de una visión clara de lo que ocurre en el mundo. Puede ser dramática, pero no fábrica el drama; cuando este aparece, es auténtico.
Los programas informativos reflejan el dinamismo de la actualidad. En ellos se presentan distintos tipos de noticias, muchas de ellas ocurridas hace apenas minutos u horas. Además, pueden recurrir a imágenes de archivo o breves reportajes para contextualizar los acontecimientos recientes y enriquecer la comprensión del espectador.
En consecuencia, aunque sus dimensiones en tiempo y espacio sean más limitadas que las de los medios escritos, la televisión integra de manera única la imagen, el sonido y el movimiento. Estos tres elementos fundamentales le permiten comunicar la información con gran impacto y eficacia.
El autor es periodista y politólogo.

