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La metafísica del río

La metafísica del río

POR RAFAEL P. RODRIGUEZ
 Una de las fascinaciones inolvidables de esa criatura líquida que se aleja corriendo como adolescente despreocupada, montaña abajo,  es el hecho de que la puedes contemplar naciendo.

Un río irritado hasta el desborde no es de temer sino de amar.    El que pasa un río sin purificar sus manos del mal que las mancilla- nos sigue advirtiendo, atrae sobre sí la cólera de los dioses, que le envían luego terribles castigos.

Duerme y después  se acuna ensimismada.

A continuación, se va tras un horizonte oculto e infiel, deslizándose entre las rocas para morir entre las fauces del mar.

Un río, en el que fluyen al unísono tantos milagros, es un cuerpo único y múltiple. Es la criatura unánime.

Tienes la oportunidad de observar todas sus fases de nacimiento, crecimiento y muerte sin que ninguna de ellas ocurra de manera definitiva.

Reúne el río todas las circunstancias del ser, la vida desnuda.

Nada más parecido a los ciclos de la existencia humana, a todos sus procesos naturales.

Ahí sus rodeos, sus  dolorosas curvaturas, su fuerza no delimitada.

Ahí sus impulsos, su neurosis, sus misteriosas concavidades.

Uno ve el tumulto del Yaque deshaciéndose a contraluz Heráclito abajo, oscilando con estelas de espuma y niebla.

Hay otros Ganges en el cielo.

  Esa estela

Esa estela cósmica  expresa la posibilidad universal y el flujo de las formas, signa la vida y al unísono, la muerte ya indolora.

Es, renovándose una constante de unidad y de dispersión.

Al descender, músico y libre, nos deja y no nos deja, sin que le importe  esa  paradoja falsa.

Su libertad es la del retorno a la indiferenciación, el acceso al Nirvana.

Vuelve al manantial divino, al Principio, se desapega.

 En la ribera opuesta es el Estado que está más allá del ser y del no ser, nos         enseña Huei-neng.

Ser el agua que corre sin espuma, decidir lo puro y lo desapegado.

Los cuatro ríos del paraíso arrastran sin cesar la eternidad.

Cada una de sus piedras es un siglo de oro.

El río purificador  se derrama de la cabellera del dios y es cada momento de la ausencia del mundo.

Es corriente axial que “va por un triple camino”, recorriendo los cielos, la tierra y el mundo subterráneo.

Recorremos sus equinoccios, el paso de sus estaciones, sus ritos tan íntimos como la palabra eternidad, sus ninfas florecidas.

La vía de leche celestial, la tejedora legendaria, se va cruzando el azul en busca de la constelación.

Todo barquero, toda criatura viva, le debe alguna veneración si no quiere perecer en su vientre que devenga un sueldo de cada nube que llora.

No atraveséis nunca-nos dice Hesíodo- las aguas de los ríos de curso eterno antes de haber pronunciado una oración con los ojos fijos en sus magníficas corrientes, antes de haber mojado vuestras manos en la onda agradable y limpia.

En peligro

Esos Aquerontes de melancolía que nos aguardan agazapados en algún lugar del alma  esperan el momento oportuno para ahogarnos la alegría en una ola de infierno y de soledad.

Ser río es aprender a perder sin haber sucumbido, sin dejar de cesar, rehaciéndose.

Es el ave Fénix líquida que, al unísono, nace u muere en una constante, en un registro de las maravillas.

Sus brazos son de una nervatura traslúcida, su distanciarse de todo sin abandonar esa presencia vital que ha encadenado a los hombres a vivir y a morir a su lado con peligro de muerte.

Tal vez el sueño es lo único verdadero y el río, que no habla ni deja de conversar, es ese libro inmaterial  que no invoca la verdad y no puede contener la mentira.

Todos Los cuerpos pueden ser su molde y ninguno le debe envergadura.

El cuerpo y su negación es el río.

Lao-Tse ve en el espacio sin forma, en el vacío, lo que se necesita para entender.

En la oquedad caben todos los universos posibles. Hay un río qué soñar cada segundo, un énfasis de reflujos, un diálogo del agua con el agua.

 Ser

Ser su trasfondo y sus orillas, sus arenas y sus avenencias, la ira de su investidura enrojecida, ser su ser.

Ser el oro que se bañó en sus aguas, ser sus aventuras, su desborde platónico, en el que hay una sombra que sueña no volver.

Ser el hambre plural de la sed, la distancia que viene recorriéndose a sí misma, la forma orbital de la nada.

Ser esa criatura blanda, soñadora, grave monstruosa, despiadada y solícita, febril, articulada, egoísta y desprendida, suplicante y cruel, desinhibida y recogida, el júbilo del agua, sus memorias multiplicadas por la velocidad, por sus voces impuras, por la esquizofrenia que huye de sí misma.

Ser el espíritu de las cosas, la investidura del aire, la inundación, la sangre de una memoria milenaria.

Ser tan sabio que aún desde la ceguera derramada se pueda encontrar la voz del océano y, hasta la extinción, seguirla.

El Nacional

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