Opinión

La misma vaca

La misma vaca

Las vacas sagradas, al igual que las brujas, no existen, pero de que las hay, las hay. Aunque iban disfrazadas de corderos, las reconocimos al entrar al corral del Congreso. De frente, se veían orondas, marchaban haciendo ostentación de su divinidad; seguras de sentirse intocables.

En cambio, por detrás, tenían cola, estaban sucias y en su marcha, dejaban unos ubicuos pasteles de estiércol, donde cualquier desprevenido quedaba embarrado.

Los rumiantes sagrados, son de todos los colores. Según el relato bíblico, Josué reveló al faraón, que son las gordas vacas moradas, las que ahora devoran las vacas flacas, de colores rojo, blanco y amarillo. Los despojos y las tierras donde pastaban estas malogradas reses son llevados al CEA, para venderlos a precios de «vaca muerta» o se las regalan a la virgen a cambio de purgar sus pecados.

Al igual como sucede en la India, alimentar estas vacas es un acto de adoración, dañarla o acusarlas por sus indelicadezas, es un acto de sacrilegio. Aunque la nación se muera de hambre por comerse una vaca llamada Odebré, a esta solo se le da comida, sin que nadie se atreva a proponer utilizarla como alimento o cambiarla por una chiva que dé leche, en lugar de seguir con esa vaca estéril.

Por si usted no lo sabe, los problemas ecológicos que acarrean los gases y excrementos del ganado son tan contaminantes para el suelo, tierra y aire, como lo son las plantas de carbón. Además, para mantener estas reses, hay que disponer grandes cantidades de tierra, litros y litros de agua y alimentos como soya y maíz; en detrimento de los pobres que nunca probarán una hamburguesa.
El contagio por la «vaca loca», es otra de las cosas a considerar.

Aquí tenemos dos bovinos muy traviesos. Sus cuatro cavidades estomacales son insaciables y han brincado la empalizada para buscar pasto en Perú, Haití, y Guatemala. La Tucana es buena para subir las escalinatas del poder, pero cuando escucha «caiga quien caiga» se pone nerviosa y no sabe como descender discretamente.

Así como los gauchos degollaban las vacas solo para comerse la lengua, usted señor Presidente, no confunda el muir con las loas de sus acólitos. Sacrifique ya la vaca. Sí, la misma vaca.

El Nacional

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