El pasado domingo, cuando leía la edición matutina de este diario, me entristeció leer la crónica sobre la muerte del doctor Emilio Harasme Peña (Emilín), un prestigioso periodista, cuyo trabajo en los medios de comunicación lo ejerció con dignidad y decoro, siendo un paradigma para sus compañeros y para las presentes generaciones.
Tareas profesionales realizadas por quien escribe en la Línea Noroeste, impidieron nuestra asistencia a los funerales del veterano comunicador. Emilín, también era abogado egresado de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), pero prefirió el ejercicio del periodismo, porque entendía que era un vehículo para asumir posiciones en defensa de las libertades publicas.
En el año 1971, Herasme Peña fue el secretario general del Sindicato Nacional de Periodistas Profesionales y yo era el secretario de Actas y Correspondencias. Ambos teníamos la misma línea de compromiso social y político que requería el momento por el imperio de la barbarie y las injusticias del ex dictador ilustrado, Joaquín Balaguer Ricardo.
Al leer un fragmento del panegírico pronunciado por el colega, Leo Corporán, editor deportivo de este periódico, que arrancó sollozos entre los presentes las honras fúnebres, varias lágrimas recorrieron el surco de mi rostro, lamentando la pérdida de un amigo, cuya vida fue inmaculada.
Emilín siempre tuvo al lado de los mejores intereses del país y asumió roles responsables cuando el país necesitaba de sus mejores hombres, y uno de los acontecimientos donde tuvo una estelar participación fue en la Guerra de Abril de 1965, que reclamaba el retorno sin elecciones al poder a Juan Bosch, derrocado por un golpe de Estado en 1963.
Me tocó trabajar al lado del compañero fallecido en Radio Mil Informando, y allí conocí a un hombre de principios excepcionales que estaba en la escala más alta de la condición humana. Un ser humano bueno, solidario y justo no se ha ído entre nosotros, porque sólo se van quienes no echaron raíces, quienes impidieron el hechizo de la ternura y el respeto derramado como milagro de amor en cada imagen que viene de su recuerdo.
