Como si saliera de un afamado guion cinematográfico hollywoodense, el idilio de Prudencia Lluberes Álvarez (Nona) con el patricio Juan Pablo Duarte es apasionante y rocambolesco. De familia patriótica e independentista, y con apenas 17 años de edad, la yesca del amor se aposentó en el corazón de Prudencia, teniendo sólo ojos para el forjador de la dominicanidad, pasión que de ningún modo abandonó.
Si en la mitología griega Penélope, pretendida por muchos hombres, esperó a Odiseo por veinte años, la dominicana Nona pasó su vida completa esperando por su amado y venerado Juan Pablo, convirtiendo esa atracción platónica en su razón de vivir.
En toda historia romántica siempre hay un anillo por el medio; ésta no es diferente, y la obcecación de la mujer hacia el Padre de la Patria se hizo perpetua con uno de esmeralda verde, que el fundador de la Nación en una oportunidad le regaló, convirtiéndose en el talismán de esa relación amorosa.
Nona nunca se casó, como tampoco tomó el barco que la llevaría a Venezuela a juntarse con su querido con el que soñaba todas las noches y al que le rendía pleitesía en todo momento y en cualquier lugar, entregada a él con absoluta devoción.
Una mañana, alzó la vista hacia el parque Colón y vio cruzar el féretro con los restos de Duarte. La conformaba mirar la sortija que conservó durante todo ese tiempo, volando su pensamiento a los pocos instantes vividos al lado del excelso ideólogo de nuestra nacionalidad.
Murió el 7 de diciembre de 1893 a la edad de 72 años.
Por: Elvis Valoy
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