El 18 de marzo de 1861, fue arriada en todo el territorio nacional la bandera dominicana, símbolo de la nacionalidad, y en su lugar fue enarbolada la española. Volvía la nación a ser tutelada por el trono peninsular, esta vez bajo el reinado de Isabel II.
La soberanía era entregada voluntariamente, sin derramamiento de sangre, por el entonces presidente Pedro Santa Familia, cuyos restos reposan en el Panteón Nacional.
El acto de traición del general Pedro Santana fue honrado por la corona española con pomposos títulos, como el de gobernador civil, capitán general de la Colonia, senador del reino, teniente general de Los Reales Ejércitos y marqués de Las Carreras.
Este hecho motivó el levantamiento del general Gregorio Luperón y otros oficiales que entendían que el ensayo independentista de 1844 había que mantenerlo por encima de todo.
A 148 años, la restauración sigue siendo un referente histórico. Lamentablemente, en la celebración de su centenario, año 1963, los sectores retrógrados pusieron fin al primer ensayo democrático del siglo pasado, con el golpe de Estado a Juan Bosch.
Hoy volvemos a hacer mención de esta memorable epopeya, al conmemorarse el 148 aniversario del Grito de Capotillo, en una sociedad que demanda la restauración de los valores perdidos.
Es una sociedad que pide a gritos el retorno de los tiempos en que la honestidad era un activo social y servía como referente para valorar a los hombres y mujeres.
Hoy más que nunca se hace necesario restaurar la seguridad ciudadana, para terminar con la intranquilidad de los padres cuando sus hijos tienen que salir del hogar. Hay que volver a los tiempos en que los policías y militares eran honestos y tenían como norte de su profesión la protección de la ciudadanía.
A ese tipo de restauración es que me refiero, porque la otra es solo historia, ya que los lazos de dependencia que auspició Santana se mantienen, aunque ahora la relación en ese sentido es con el amo del Norte.

