La vida es una sucesión de sorpresas, y así partió al Más Allá un emblema de la amistad verdadera: Ramona Martínez viuda Castillo, cual mariposa sutil y fragante.
Vivió para amar, servir, trabajar, y anhelar, rindiendo tributo a la tierra que la recibió en sus brazos, el pasado 31 en la heroica ciudad de San Cristóbal. En 1962 iniciamos con Ramona una amistad eterna. Al decir de Jackis Chardons, una buena amistad es una suerte muy grande que nos acompaña toda la vida, y así fue ella, tierna, solidaria, amorosa, inteligente, habiéndonos abrazado en un compadrazgo excepcional que jamás olvidaré, porque se robustecía de la fraternidad.
A través de su distinguido esposo Manuel de Regla Castillo, fallecido el pasado año, Ramona se hizo profesional del arte fotográfico, tarea realizada con destreza y maestría, sirviendo a la cuna de la Constitución durante cuarenta años ininterrumpidos. Contemplé cientos de veces a mi adorada comadre Ramona, pues frecuentemente le visitaba en su hogar de la avenida Constitución. Cuando jóvenes y adultos, especialmente muchachas, no tenían dinero para costear un juego de fotografías y ella con su blanca sonrisa, cual azucena, les entregaba las fotos y decía: Si no puedes pagarlo ahora, hazlo luego, y también les rebajaba el costo.
Otros de los gestos y acciones de Ramona eran su fe en Dios y su sensibilidad, pues daba de comer al hambriento, vestido al desnudo. A muchos necesitados los llamaba y en ciertos casos iba a su residencia, saciando la sed y el hambre, ofreciendo medicinas que adquiría con el sudor de su frente.
Si los favores no sufrieran el peso del olvido, cientos de agentes que han prestado servicio en el cuartel o 17 compañías de la Policía Nacional en San Cristóbal, tienen que agradecer y recordar a Ramona y a Paco, pues residía frente a esta institución, y su vivienda sirvió de albergue y protección a rasos, cabos, oficiales de diferentes rangos, a quienes ella les enviaba café, agua fría, alimentos tantas veces y otros acudían a realizar y recibir llamadas, pues cuando el teléfono policial se descomponía, el de Ramona era facilitado siempre.
Al partir Ramona, deja como herencia a su queridísima hija, ingeniera y abogada Mary y a sus hijos espirituales Delia y Rafael Filingo Castillo, ejemplos de dignidad, profesionalidad y ciudadanía, quienes fueron sus grandes amores.
Cuando recibí la llamada del gran amigo, licenciado Máximo Valdez, de la muerte de Ramona, sentí un fuerte impacto en el alma. Me aprestaba a tomar un vaso de jugo de jagua que mi queridísima comadre me había obsequiado en un galón de tan maravillosa y alimenticia fruta. Ya no volveré a contemplarla en su mecedora, teñida de blanco en el balcón donde residía.
¡Adiós, comadre Ramona, te marchaste a destiempo, dejando un vacío en familiares y amigos! Fuiste noble, hacendosa y buena.
Adiós, Ramona, purificadora de sentimientos, la práctica del bien y el humanismo, que fueron parte de ti. Duerme en paz, comadre del corazón, pues como expresara Cicerón, la vida del muerto está en la memoria de los vivos. Adiós.

