Juan Pablo Duarte y Díez, dejó de existir físicamente el 15 de julio de 1876, y de ahí en adelante sus compatriotas, de quienes debía esperarse comportamientos cónsonos con la deuda impagable que tenemos con él, no hemos hecho más que agredirlo y hacer que su muerte se reitere en cada actitud inconsecuente con su legado invaluable.
No se trata de que una u otra caja de resonancia de las tantas que se lucran en nuestro medio, cuyas palabras, silencios y artimañas bordeando el chantaje vulneren con su insolencia su ilustre figura, eso pasara desapercibido, si es que se produjera, de prestársele sordos oídos.
De lo que se trata, y es donde radica el atropello a tan egregio personaje, es que tales insolencias y tan detestables mercenarios de la pluma y el micrófono, son líderes de medios de comunicación de una nación que no termina de comprender el sinuoso ardid que propicia este desafortunado resultado.
Es un círculo vicioso. Ante una audiencia desprovista de herramientas para deslindar la paja del trigo, el bullicio insustancial, la exageración calculada y las insinuaciones maliciosas atraen, seducidos por un morbo que es parte sustancial de un guión magníficamente estructurado, legiones de incautos que disfrutan hasta el éxtasis la pócima que sirve para anestesiarlos y usarlos como sustentadores del estatus quo que es fuente primigenia de la situación penosa en que este país languidece en principios y valores decadentes.
Ese espectáculo de pésimo gusto, pero de altísima rentabilidad, tiene un costo oneroso sufragado por dos alcancías ilimitadas: La que cosecha el beneficio principal al derivar con su patrocinio la continuidad en el poder político con lo que eso significa en diversos aspectos y la que proviene de sectores empresariales cuyo único propósito es obtener la mejor proporción en términos costo-beneficio, lo cual les conduce a colocar propagandas en espacios que signifiquen mayor promoción de productos y servicios, sin reparar en el daño social que sus recursos contribuyen a generar. Ninguno de los dos se percata de que ese proceder, tarde o temprano producirá consecuencias más funestas que las que significaría reducir dividendos de tan deleznable procedencia, a cambio de prolongar en el tiempo ganancias menos estrambóticas.
Con la permanencia de un cuadro tan lastimoso como ese, se configura la tragedia mayor de nuestro Padre fundador. No con la procacidad de un troglodita que lo único que tiene es bagaje cultural incapaz de dotarlo de dignidad.

