Hace casi 2 años publiqué este artículo. A propósito de la muerte de su protagonista y de lo inalterable de los hechos, lo resumo en esta edición. Por si alguien preserva un hálito de esperanza.
Poquísimo tiempo después de instaurado el primer gobierno del PLD, en 1996, se empezaron a suscitar acontecimientos que bien pudieron resultar suficientes para llamar la atención, tanto del partido como institución, como de personas individualmente concebidas, a quienes uno no supone actuando con indiferencia ante situaciones que tanto desentonan.
Esas circunstancias sorpresivas han estado expresadas en políticas públicas, prácticas gubernamentales y preservación de malos hábitos en la administración del Estado.
En ese escenario se puso de manifiesto una consecuencia negativa del sentido verticalizado que se le imprimió a la estructura organizativa del PLD desde sus orígenes, la cual inoculó en la mente de los militantes la idea perniciosa de que las líneas trazadas desde la cúpula partidaria debían ser acatadas sin la más mínima objeción.
Ha influido mucho en ese pavor a manifestar disensos una concepción distorsionada de la disciplina que no es más que una derivación de aquella autoritaria definición del peledeísta que lo asimila a un soldado consciente, valiente y disciplinado, cualidades todas referidas a la condición de acatador de órdenes sin cuestionamiento. Recuérdese que las estructuras militares y eclesiales le sirvieron a Bosch de paradigmas en las horas de la concepción, la organización y el desarrollo del partido.
Las escasas voces que han osado levantarse ante el peligro que las delicias del poder impiden apreciar a tantos, han recibido ataques virulentos, y lo que ha pretendido ser un grito desesperado por la integridad partidaria ha sido estigmatizado como un acto de felonía. Quienes han intentado evitar la catástrofe previsible son considerados desleales a la organización y sus nombres ni siquiera son contemplados en la asignación de responsabilidades públicas o partidarias.
Esas miopes reacciones han chocado con un mentís infranqueable. Se ha disparado una alarma libre de cualquier sospecha. Miguel Cocco, persona de fidelidad institucional a toda prueba, de la confianza absoluta de la dirigencia mayor y de una relación muy especial con el líder fundador, ha llamado la atención, de la forma más descarnada, ante la asunción de conductas inesperadas de una parte importante de sus compañeros.
¿Por qué no hacer propicia la ocasión y ante una opinión tan autorizada, examinar actitudes y evaluar procedimientos? ¿Por qué no se reabren los espacios de crítica y autocrítica que tan buenos resultados arrojaron en el pasado?

