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Sería preciso referenciar a Oswald Spengler cuando habla de los “surtidos de formas muertas”, para sustanciar una pregunta que aún produce alergia entre muchos historiadores: “¿Por qué los griegos —se pregunta Spengler— no admitieron, por ejemplo, las pirámides egipcias, los pilonos, los obeliscos, los jeroglíficos y la escritura cuneiforme?” Y Spengler lo explica: “Toda relación admitida constituye no sólo una excepción, sino también un error de interpretación; y en ninguna parte, acaso, se revela más claramente el vigor interno de una existencia, que en ese arte de las equivocaciones metódicas” (La decadencia de occidente, 1923).
Algo satírico, el historiador alemán expone que debería escribirse la historia de los “tres Aristóteles: el griego, el árabe y el gótico, (los cuales) no tienen ni un concepto, ni un pensamiento común y que ya forman parte de la historia de la transformación del cristianismo mágico en cristianismo fáustico” (Ídem). Spengler determina, entonces, que existe una adición adrede, a conveniencia de las partes, en ese arte de las equivocaciones metódicas y que en el discurso de los movimientos estéticos se ha manifestado, a veces como creación, y otras como plagio consentido, lo que Toynbee magnifica como “una mimesis cambiante a través de minorías creadoras”.
Toynbee manifiesta que “en el crecimiento (de una civilización) la mayoría no creadora constituye una masa impresionable que sigue por mimesis la senda de los líderes, y durante la desintegración la mayoría no creadora está compuesta, en parte por una masa impresionable (el resto del proletariado) y en parte por una minoría dominante que, independientemente de las respuestas de individuos extraviados, se mantiene obstinada y orgullosamente solitaria” (Estudio de la Historia: 1934-61).
Entonces me pregunto, ¿por qué, entonces, no nos remontamos al Renacimiento y, deteniéndonos en sus orillas, estudiamos eso que Yves Eyot enuncia como “el regreso a un estilo del pasado lejano erigido en modelo ideal, absoluto y eterno como fue la vieja estética helénica?” (1980). A esto puedo anexar —según los patterns de la cronología hereditaria— los fenómenos representados en los modelos arquitectónicos del ecumenismo, apoyado éste en las estructuras del consensus. Pero a lo que violenta las formas por colisionarse con los contrarios o, en el mejor de los casos, por atreverse a fundar valoraciones que puedan romper modelos concebidos como “absolutos inmutables”, se les endilgan los más vejatorios epítetos.
Las semi-dictaduras modernas, esas que se cobijan en el postmodernismo, asumen estos patrones, anexándoles las recomendaciones de los intelectuales pagados que lo testifican a través de escritos para ocupar un lugar destacado en la historia por el efecto de comprarlo, integrándose a la teoría de la inmortalidad como mito.
Porque el afán, la locura del nuevo dictador que sueña con inmortalizarse es conseguir un boleto que le permita acceder a la historia. Y ese boleto es lo construido a costa de lo que sea, ignorando que, engullida por la inexorabilidad del tiempo, lo erigido, si no se cimenta como utilidad, como logos perpetuo, se convertirá en forma muerta.

