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Las madres

Las madres

Fue un Día de la Madre único en el devenir de la humanidad. Por primera vez silencioso. Ni una voz, ni el angustioso canto de los vendedores ambulantes, a quienes nadie compra nada horrorizados como estamos frente a un enemigo invisible que no podemos combatir con armas tradicionales.

La palabra, en mi caso, la engañosa palabra de muchos políticos, el sabio silencio de combatientes de larga data, desarmados por un enemigo que puede entrar con el viento por las rejas de nuestras casas.

Es tiempo de una trágica belleza. Los árboles crecen imperturbables. Las cotorras se multiplican y han hecho del techo una piscina y lugar de encuentro. Su alboroto es lo único que escucho en la mañana y, lo olvidaba, las motocicletas de los delivery.

Algo me ha provocado, madre, la proximidad de la muerte, tan cercana que la siento respirar sobre mi hombro. Es un profundo distanciamiento de “lo real”.

Un hastío de la gente y sus afanes que me provoca querer recordarles que mas allá de julio la vida continua y que nos aburren las zancadillas (cambiar el número de boleta de los Partidos a última hora, después que han gastado sus magros recursos en propaganda); los egos insaciables corrompiendo el concepto de lo que es ser un matrimonio; la gente que no piensa en la muerte a la hora de estafar, robar, mentir prometer. La que mata a una adolescente embarazada o a un niño de meses, la que apuñala a un niño de ocho años.
Fue un Día de la Madre único en el devenir de la humanidad.

El demonio anda suelto madre. Lo anunciaron los Rolling Stones en los 60. Es un señor educado, con saco y corbata, que con perfecta dicción anuncia que estuvo en el Gólgota; que influenció a Pilatos; que mató a los Kennedy y a Martin Luther y a Malcom X; que acaba de asesinar a George Floyd, en Minneapolis, este abril del 2020.

Solo volver a verte, madre, al lado de tu sillón de lecturas, donde había una persiana y entre esas persianas y la habitación principal un pequeñito jardín, con un árbol de narcisos, esas flores blancas que despiden un embrujante aroma que tu venerabas. Solo recordar que no buscabas, ¡oh humilde poeta!, el reflejo de tu rostro en la falsa laguna del patio, o en la asombrada pupila de otro poeta, mi padre, que en ti ahogaba todos sus egos.

Solo recordarte así, madre, impide que obtempere a estas infinitas ganas de dormir, para verte, para no escuchar en el puerto el sonido de barcos de carga en los que quisiera navegar a un mundo sin el virus de la mentira.

Pero estoy tan cansada, mamá, que no puedo ni decirte que me haces falta.

POR: Chiqui Vicioso

luisavicioso21@gmail.com

 

El Nacional

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