Inicia Ana Luisa su importante relato con un episodio de ribetes dramáticos que recoge la situación de su familia sufriendo prisión domiciliaria del régimen de los seis años baecistas (1868-1874), en Puerto Plata, con la angustiante posibilidad de ser trasladadas a la capital en calidad de rehenes, a fin de someter a Luperón. Mientras Báez intentaba enajenar la Patria a los Estados Unidos, Luperón era el símbolo más alto de la oposición armada a esos planes y de ahí el valor de ellos como rehenes. Doña Luisa, la esposa del patriota, estaba a punto de alumbrar a Ana Luisa. Junto a ella vivía su abnegada madre doña Eneria Frías viuda Taváres y su hermano de 13 años Félix Tavares. Pudieron fugarse y el escape fue típico de las dominicanadas de toda época: sembrar confianza entre los 12 forajidos que las custodiaban y el día escogido, pretextando el traslado a la capital les mataron un cerdo, les dieron bebida hasta rendirlos y entonces pudieron huir saliendo del país rumbo a Turkilán (Turk Islans) vestidas de hombre. Allí nació Ana Luisa en 1868.
***
Relata emocionada una visita que le hicieron a Víctor Hugo y cómo ella y una nietecita del gran novelista tocaron a piano una pieza de Gounod, a cuatro manos. Dice que su padre se lamentaba que no fuese yo el varón debido a que en muchas cosas en mi modo de pensar y de proceder me parecía a él.
***
Viven en Saint Thomas hasta 1874, luego de derrocado Báez regresan a la Patria. Dos hermanas de Máximo Gómez, Regina y María de Jesús, son maestras de Ana Luisa y Jacobo, los dos hijos de Luperón. A seguidas destaca Ana Luisa el dato de que el presidente González era desafecto de los exiliados cubanos, que de ellos los adinerados se fueron a Venezuela y que los que quedaron eran pobres agricultores. Señala que ellos enseñaron a los campesinos dominicanos a hacer y usar el carbón, en vez de leña y el uso de bidones para transportar la leche.
Destaca la haraganería de los campesinos de Puerto Plata, quienes en vez de producir iban al pueblo a comprar productos agrícolas. Pasan por su memoria -privilegiada, pues redacta a más de 80 años- el interés de Luperón por aprender tácticas usadas en la guerra franco-prusiana; su protesta al regresar al país y verla vestida de verde, color del grupo de Ignacio María González, la visita de éste, el beso a Luperón y luego, el ataque a su residencia en 1876 por ser contrario al Presidente.
Según relata Ana Luisa, la familia Luperón enfrentó sola por varios días a la guardia enviada por el gobernador Francisco Ortea, a instancias de González. El 23 de enero de 1876, luego de hacer salir huyendo a una hipócrita comisión del gobernador, Luperón, su hermano Bernardo, su cuñao Félix, su esposa y su suegra -que eran valientes- resistieron 13 días hasta que llegaron refuerzos de Santiago a socorrerlos. Estampas como la entrada violenta de José Castellanos, uno de los desbandados comisionados, al aposento de una señorita que se bañaba desnuda y el consiguiente escándalo y la forma como doña Eneria, la suegra de Luperón, arrebató la carabina a un cabo que apuntaba a su hijo Félix engalanan el relato.
Luego de referir la importancia de haberse establecido una escuela en una casa de Luperón, en donde daba clases un cubano de nombre Antonio Benítez, y de resaltar el empeño de Hostos y de Peña y Reynoso por darle clases extras a Ana Luisa, nos coloca en sus memorias por la ruta de los países europeos que recorrieron a partir de 1882 y los personajes importantes que conocieron.
Luperón había sido nombrado Ministro Plenipotenciario cerca de varios países del viejo mundo y su primera escala fue París, en Francia. Allí el patriota criollo se ocupó de que Ana Luisa recibiera clases de piano con una profesora contratada del Conservatorio de París de nombre Madame Ratisbone. De Francia la familia viajó a Inglaterra en donde Luperón presentaría sus credenciales a la Reina Victoria.
La memorialista relata la forma espléndida como fueron recibidos y destaca que su padre pronunció un discurso improvisado en Inglés que fue muy aplaudido. Luego fueron invitados al Palacio de Buckinghan y colmados de obsequios.
Describe el Londres de entonces, se admira de la luz eléctrica, de la existencia de mendigos en una nación poderosa, y de sus tiendas y restaurantes. De Londres se trasladan a Austria, y dice de Viena que sólo es comparable a los cuentos de Las Mil y Una Noche. De Jacobo, su hermano dice que hubo de quedarse en París con el Dr. Betances, que logró ingresarlo en una academia paramilitar y que luego, al cuidado del prestigioso médico ponceño estudió medicina. Luperón dejó a Betances un talonario con el que podía retirar dos mil francos mensuales de un banco para los gastos de su hijo.
La generosidad de su padre, según Ana Luisa, le llevó a pagarle a doña Eneria, su abuela, un viaje a Europa para que conociera, según él, los lugares en donde se escribieron las obras que ella tanto gustaba leer.
Un dato importante es el que señala que él, Luperón, la mandó a buscar a Saint Thomas para que le ayudara, como redactora, a copiar su autobiografía, ya iniciada. Destaca ella la admiración de su padre por los hermanos Henríquez y Carvajal; su concepto de la amistad y su acendrado amor a la Patria.
Para él la Patria lo constituía todo. Fue estimado por todo el que lo conoció y trató. No le hizo mal a nadie ni a nadie mandó al patíbulo. Meriño y Heurreaux le debieron la presidencia a Luperón.
El rey Cristian de Dinamarca simpatizó tanto con Luperón que lo invitó en tres ocasiones a cenar con él en su comedor de familia, insistió en que le quitaron a mi hermano Jacobo ese nombre hebreo y lo cambiaron por el de Cristian y con más razón habiendo nacido Jacobo en Saint Thomas, que pertenecía a Dinamarca.

