Opinión

Leopoldo II

Leopoldo II

Leopoldo II contrató los servicios del explorador inglés Henry Morton Stanley, quien consiguió la firma de casi tres mil acuerdos con jefes de tribus congoleñas,  debilitando así  las posesiones lusas.

Sus estrategas concibieron  una fórmula, a juicio de ellos, infalible. Procurar la gracia de los Tres Grandes [Alemania, Inglaterra y Francia] era fundamental. El Congo belga sería un Estado libre con derechos soberanos.

En su esfuerzo por ganar el favor inglés, Leopoldo acomodó su discurso a la corriente económica preconizada por los liberales británicos. Trataba de dejar a los galos sin argumento en la cuestión africana. Francia favorecía a Portugal.

Henry Wesseling, quien nos cuenta esta historia en su obra Divide y vencerás, revela que Leopoldo II tuvo éxito, al fin, diez años después. “Hasta los camaleones tenían motivos para envidiarlo”,  expresa el autor para subrayar, parodiando a Lenin, que su imperialismo era algo sui generis,  con un  “nivel máximo de oportunismo”.

Los portugueses no se quedaron de brazos cruzados, por supuesto. Publicaron varios documentos comprometedores, dejando muy mal parados a Bélgica y su rey. A lo que Leopoldo respondió prometiendo obsequiar “a toda la humanidad”  los territorios conquistados.

 Las demenciales acciones de Leopoldo eran consideradas poco más que overkill, es decir, exceso de medios. Ató tantos cabos que los enredó. Torpezas y travesuras extendidas hasta la fecha en que se hacían los arreglos para proclamar la independencia del Congo en 1960.

El general De Gaullle señala que los “derechos de preferencias” como resultado de las locuras de Leopoldo representaron, ochenta años después, grandes trabas en la tarea franco inglesa de fijar fronteras en la naciente República del Congo.

El Nacional

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