El agua del Cielo debería ser una bendición. Pero ahora, muchas veces se convierte en tragedia y sus fuentes en negocio de pocos y privilegio de los más acomodados.
El daño del gran capital a la naturaleza ha sido tan profundo y extenso que el agua acumulada escasea y las lluvias arrasan a la humanidad empobrecida, expanden enfermedades y multiplican sufrimientos.
La tragedia social y ambiental precede los sobrecogedores resultados de un aguacero.
Esta isla hermosa -situada en el mismo trayecto del sol, de huracanes y tormentas, sacudida periódicamente por fuertes temblores- por esta razón se ha tornado socialmente vulnerable a esos fenómenos naturales; precedidos de persistentes huracanes políticos con alto poder depredador.
La era neoliberal, iniciada en los albores de la década de los 80, nos ha traído un devastador proceso socio-político-económico, que incluye tormentos y tormentas destructivas bautizadas con el nombre de Jorge Blanco, Balaguer, Leonel, Hipólito, Baby Doc, Cedras, Arístides, Preval, Minustah
A consecuencia de ellas, ambos pueblos y territorios se ha empobrecido más aun; mientras enormes contingentes humanos empobrecidos han sido empujados a las zonas más degradadas y de más altos riesgos, agobiados por la miseria.
Cuencas y orillas de ríos diezmados, peligrosos bordes de cañadas, cuevas, desiertos, solares inhóspitos , son sembrados de casuchas improvisadas y sobrepobladas, rodeadas de basura, expuestas a inundaciones, derrumbes, contaminación.
Las pertenencias para sobrevivir son pocas y de escaso valor, pero son las únicas.
Y en esas condiciones se les solicita -cada vez que una vaguada asoma- abandonar las zonas de riesgo (las únicas disponibles para malvivir todo el tiempo), con la perspectiva de volver al mismo lugar en condiciones peores. Y no faltan los que condenan la explicable tozudez de una parte de ellos de permanecer allí, con riesgo.
Luego, pasada la tormenta menor, continua el tormento mayor: el día a día infernal de los excluidos, explotados discriminados Y los de arriba se olvidan de ellos/as, aunque saben que muy pronto se repetirá el milagro de la conversión del agua bendita en tragedia maldita, cada vez peor. ¡Su indignante opulencia, a costa de esas tragedias, los deshumaniza!
¿No es de justicia rebelarnos contra sus responsables? ¿Hasta cuándo toleraremos este desgarrador círculo vicioso?

