Opinión

Los “dueños” de la región

Los “dueños” de la región

El pronunciamiento de Juan Manuel Santos de que las tropas colombianas pueden traspasar las fronteras de su país en labores de persecución y combate a los grupos guerrilleros, es mucho más que una bravuconada de un funcionario que pretende presentarse ante la oligarquía como potencial garante de la estabilidad política. A los elementos definitorios de este funcionario oligarca y entreguista, hay que añadir, y esto es fundamental,  que el Comandante del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, Michael Mullen, realizó recientemente una visita a Colombia, para oficializar la participación de ese país a la guerra en Afganistán.

La legítima defensa es la figura puesta en boca de George W. Bush por los estrategas estadounidenses para violar territorios en nombre del combate al terrorismo, y es el argumento con que pretende la ultraderecha colombiana legalizar su penetración a los países vecinos.

A territorio venezolano, han penetrado paramilitares y militares. En diciembre del año 2004, un grupo de mercenarios apresó en Caracas a Rodrigo Granda, dirigente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Una acción de gran magnitud fue la incursión, hace un año, en territorio de Ecuador, donde soldados colombianos asesinaron al comandante Raúl Reyes y a otras 25 personas.

Ante la proclama de Juan Manuel Santos de penetrar a otros territorios en acciones militares de “legítima defensa”, Uribe declaró que hay que tener cuidado al referirse a los asuntos internacionales, pero poco después lo confirmó en su cargo como ministro de Defensa. ¿A qué juegan?

La reacción de los presidentes Hugo Chávez y Rafael Correa, sí debe interpretarse como legítima defensa de la estabilidad política de la región. Lo han presentado como aspirante a la Presidencia y como representante del sector político más retrógrado.   Santos fue representante en Londres de la oligarquía cafetalera y desea mostrar a todos los grupos oligárquicos que pueden traspasarle la confianza que han puesto en Uribe. Pero el juego es mucho más peligroso.

Uribe y Santos se saben destinados a compartir el mismo espacio político y a competir sin aniquilarse. Los separa la ambición, que puede generar enfrentamientos de magnitud no prevista, pero los unen la sumisión al poder imperialista y el compromiso con la oligarquía.

No es fortuito que la oficialidad de las Fuerzas Armadas haya pedido convocar el Consejo Superior de Seguridad y Defensa para unificar criterios. Analistas de viarios medios han dicho que esta oficialidad respalda las declaraciones de Santos. Es una oficialidad formada por el Comando Sur, y, claro, no es formada en la defensa de la soberanía, sino en la sumisión al imperialismo.

Las declaraciones tremendistas de algunos ministros de Uribe, son tan frecuentes que se hace evidente que son programadas (el ex ministro de Defensa Fernando Londoño; Andrés Felipe Arias, quien hasta hace un mes fue secretario de Agricultura, se pronunció también contra Venezuela; el propio Santos, se “equivoca” con mucha frecuencia). Pero más importante  es señalar que el mal llamado Plan Colombia es citado por Mullen como modelo a seguir en Afganistán y que ya Colombia comienza a asumir compromisos en esta guerra.

 La ultraderecha busca ganancias y esto lo hacen sus representantes aun compitiendo entre sí.

Se confirma otra vez que no sólo no fue fortuita, tampoco fue acción aislada o  coyuntural, la incursión militar del Ejército de Colombia en  Ecuador. Esa incursión, hay que recordarlo, fue realizada con apoyo  de Estados Unidos y de Israel, y ordenada por Uribe y por Santos,  jefes del grupo de entreguistas al cual pertenece también Londoño y el actual embajador en nuestro país y ex comandante del Ejército, Mario Montoya Uribe.

Más allá de pronunciamientos diplomáticos, hay que decir que la ultraderecha de Colombia trata de que el poder imperialista reconozca su papel en el esquema y, en una región en que varios gobiernos buscan romper los lazos de la dependencia colonialista, no tiene reparo en fortalecer su organización como quinta columna. ¡Qué descaro!

El Nacional

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