Opinión

Los aduladores

Los aduladores

En “Memorias de un Cortesano de la Era de Trujillo”, Joaquín Balaguer relata los grotescos excesos de algunos áulicos y servidores del dictador. El extinto presidente cuenta, por ejemplo, que la extrema sumisión de uno de ellos “…lo arrastró a la realización de actos de servilismo ridículos, como el de haber hecho colocar en su propia casa de familia un letrero lumínico con la leyenda siguiente: “Dios y Trujillo”.

Pero no vaya nadie a creer que esas bajezas quedaron sepultadas la noche del 30 de mayo de 1961. Diría más bien que a partir de entonces se hicieron más discretas, pero no menos vergonzosas, pues es justo reconocer que venerar a Trujillo era virtualmente un deber, cuyo desacato podía implicar hasta la muerte.

Balaguer lo explica de este modo: “Ese rasgo de cortesanía, cuestionable si se le juzga de acuerdo con la moral democrática de nuestros días, no lo fue tanto en un tiempo en que la humillación y la lisonja llegaron a convertirse en el signo característico de la sociedad nacida tras la desaparición del general Horacio Vásquez”.

¿Por qué, entonces, se les sigue dando coba a los mandatarios si ya no cunde el temor de sufrir las consecuencias del temperamento volcánico de Trujillo? Obvio: los que ocupan posiciones oficiales le prodigan exquisitas adulaciones para no caer en desgracia y seguirse aprovechando con largueza del poder, mientras que los que no figuran en la nómina pública asumen poses igualmente complacientes para que el jefe de Estado los tome en cuenta.

Que si luce bien, que si está haciendo las cosas mejor que nadie, que si su entrevista fue formidable, que si su discurso fue una pieza maestra, que si su decisión fue magnífica, en fin, siempre sobran los que desde fuera y desde dentro se prestan a exaltar de manera enfermiza la figura y aptitudes del gobernante de turno.

Pero estas manifestaciones de servilismo no dejan de ser lastimosas, pues además de que constituyen expresiones de la miseria humana, no es a seres celestiales a quienes les rinden culto, sino a personas tan comunes y corrientes como todos nosotros. ¿O alguien cree acaso que los presidentes que no se meten los dedos en la nariz, que no les da halitosis o que no se tiran cuescos?

Los dúctiles de carácter que estarían dispuestos a hacer lo que fuese para entrar en el reino del presidente, o para no salir de él, parecen ser cada vez más, lo que evidencia lo menospreciadas que están las virtudes entre nosotros. Es posible que las interesadas alabanzas les reporten a los adulones el privilegio de ser designados en cargos públicos, el de llenarse los bolsillos, el de disfrutar de las disipaciones de la vida elegante y de sabe Dios qué otros favores, pero ninguno, ni siquiera vistos con lupa de aumento, alcanza a compensar la humillación de caer de rodillas y vivir sin dignidad.

El Nacional

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