Un pueblo jamás debe olvidar pasado, causas, individuos y circunstancias que les dieron origen o les causaron daño.
En su libro “La vida de la razón”, el filósofo Jorge Ruiz de Santayana escribió: “aquellos que no pueden recordar su pasado, están condenados a repetirlo”. Puede (circunstancialmente) perdonar; pero nunca olvidar.
Conforme a estos postulados los sanjuaneros prepararon actos de memorización en los que la figura principal sería el presidente Luis Abinader.
La batalla de San Juan, librada en Santomé, fue un combate desemejante. Los dominicanos calzando soletas, teniendo como principales armas garrotes y machetes, defendieron cada palmo de su tierra, peleando uno contra cinco.
El 22 de diciembre se haría una parada militar y un desfile encabezado por el primer mandatario en el día más grande para todo sanjuanero. Pero, faltando 24 horas se anunció que “el presidente no asistiría”, y no vino. Los sanjuaneros perdieron el ensueño.
Hubo una buena representación oficial por Ana María Castillo, la gobernadora, mujer de sereno talante que tiene ganado el corazón de la gente, y Juan Pablo Uribe, de Efemérides Patrias.
Los actos se desarrollaron con entusiasmo, integración y alto respeto por la historia.
Año 1855, 10 de diciembre: el ejército haitiano integrado por 30 mil hombres encabezados por el Emperador, con la meta de tomar lo que entendían que era “su territorio”, cruzó la frontera por el Norte, por el Sur, y por el Oeste entró el mismo Faustin l encabezando 12,500 fusileros llenos de triunfalismo; habían humillado a las tropas de Napoleón Bonaparte y en dominicana pelearían contra un montón de campesinos sin armas ni entrenamiento.
Por el Sur entraron el general Pierre Rivere Garasse y el Duque Leogane. Por el Norte, el Duque Decayette. Cerca de Neiba los esperaba el general Francisco Sosa y en Azua Pedro Santana, el terror de los haitianos.
Ocupando Elías Piña y Las Matas, avanzaron sobre San Juan de la Maguana.
Faustin l estableció su base de operaciones en Punta Caña con 5 generales, un duque y un mariscal.
El emperador estaba dispuesto a pasar sobre el cadáver de la población sanjuanera para llegar al Número de Azua, enfrentar a Santana y avanzar hacia Santo Domingo.
Comienza el combate. Cabral ordena prender fuego, la sabana arde. Aparece Julián Belis y le dice: “General, ese no es su puesto, ahí puede usted peligrar”. Y Cabral, zafándosele del brazo, le responde: “No estoy aquí para cuidar mi vida, sino para salvar la independencia nacional”.
El coronel Hipólito Caro, que ha regresado con el regimiento de Baní donde viene el joven Máximo Gómez, levanta la bandera y la clava en medio del combate. Santiago Suero hace lo mismo.
En un momento Cabral le lanza un reto al Duque de Tiburón y pelean cuerpo a cuerpo; dispara la carabina con una mano y con la espada le corta la cabeza.
Los invasores ven la cabeza de su jefe rodando y en medio del fuego abrazador, atacados por fieros campesinos decididos a la muerte, huyen por Punta Caña donde los esperaba el Emperador quien previo a cruzar la frontera en retirada, manda a fusilar parte de su estado mayor, considerándolos culpables de la derrota.
La revolución dominicana triunfó sobre la terquedad haitiana. El combatiente Máximo Gómez, quien era un adolescente de 18 años reclutado en Baní, y después sería el generalísimo de la Independencia de Cuba, escribió en su diario de campaña: “Mi bautismo de sangre lo recibí en los campos históricos de Santomé, la más extraordinaria a la vez que decisiva función de armas contra las huestes haitianas”.
José María Cabral fue la esperanza cumplida de la patria. Él lo supo, una derrota suya, hubiera bajado la autoestima de los dominicanos y elevado el triunfalismo del haitiano, que lanzaría ataques concentrados sobre Azua.
En Santomé, como en La Canela, José María Cabral cumplió fielmente la misión de salvar la independencia nacional.
El autor es poeta.

