Fernando A. León, amigo de todos
Señor director:
Genuino y auténtico, para Fernando León se escribió en el Evangelio: Un hombre en quien no había doblez. A lo que hay que añadir que poseía el don de encantar, como magia, a los humildes de corazón.
Efectivamente, cuando realicé una encuesta, a finales del 60, entre cosecheros de tabaco, a la pregunta: ¿A quién usted le vende su cosecha?, generalmente me respondían con el nombre de la empresa: La Tabacalera, por ejemplo.
Pero un gran número me respondía: A Fernando y no a La Aurora. Esa personalización del cosechero me ilustraba sobre el vínculo de amistad que producía Fernando aún en su trato comercial.
En estos días, la prensa publicó una esquela en memoria de Fernando, nada menos que de una empresa que revoltea, el transporte de mercancías del país cuando les da la gana. Y a Fernando en la esquela lo llamaban al amigo, prueba elocuente de su preferencia por el diálogo y la persuasión amistosa.
Por eso siempre se encargó, dentro de las empresas de la familia, del área fundamental de los cosecheros de tabaco y su cultivo y comercialización que conocía más que ningún otro hasta con sólo palpar u oler la hoja.
Su amor al campo y a la naturaleza, me contaba, se lo debía a su tío Herminio, quien lo invitaba, jovencito, a cazar, a pie, al acecho de palomas y otras aves.
Allí, en lo recóndito del campo abierto, su tío le explicaba el sentido de cada árbol, cada ave y el misterio insondable de la naturaleza. Y le contaba anécdotas del pasado y vivencias propias que esponjaba en su espíritu que, no obstante su formación urbana e internacional, tenía la vida rural entroncada en lo más profundo de su alma.
Allí mismo, junto a la tierra, que es el corazón de la patria, se forjó su profundo y vibrante sentimiento patriótico, que lo acompañó hasta su muerte.
De seguido, me abrió las puertas de su hogar de par en par, en su rancho como él lo llamaba, donde disfrutaba de su ron criollo o su Vodka preferido, explayaba su campechana y amena conversación y su amplio y contagioso reír.
Un día, al llegar a Santiago lo llamé a su oficina y me respondió: Sigue directo para mi casa, que allí te van a esperar Jeanette y los muchachos. Yo voy después. Amistad fraterna.
Años más tarde, una tía de Jeanette, me contaba que Fernando ya adulto se enamoró de ella todavía colegiala y comentaba al verla con su uniforme de colegio: Esa es mi mujer. Y ella lo hizo feliz mientras vivió.
Orgulloso de su Premier, me demostró su celo por el producto un día en que llegué a su rancho desde Moca, acompañado de un sano mocano quien en mala hora prendió un Montecarlo. Fernando, con resentida cortesía, le argumentó con firmeza y no cejó hasta que el mocano cambió, allí mismo, la marca de su cigarrillo al aceptar una cajetilla del Premier discretamente obsequiada.
Fernando fue siempre reconocido como serio y cumplidor de su palabra. a excepción de las veces en que me ofreció mandarme patos de su freezer que, creo, todavía están volando.
En cierta ocasión, sugerí al presidente Balaguer que lo designara secretario de Agricultura. El presidente me indicó que lo explorara. Su respuesta fue inmediata: Yo no salgo de mi rancho para la capital. No.
Sensato en su sencillez, dentro de la empresa familiar, primero, y aún después, asociados a Phillips Morris, sus planteamientos, me contaban, eran definitivos y aceptados por todos.
Como la palma muere silenciosa y solitaria en la extensa sabana, así cayó aquella vigorosa aunque discreta columna y de la economía de la élite empresarial dominicana junto al dolor resignado de sus hijos, familiares e incontables amigos. Descansa en paz, buen amigo.
Atentamente,
Lic. Francisco Dorta-Duque
