Señor director:
El comandante Fidel Castro dedica su reflexión de hoy, lunes 25 de mayo, a la situación haitiana y las ayudas que Cuba ofrece a sus vecinos haitianos. La designación de Bill Clinton como enviado especial de la ONU para Haití. Su esposa, la señora Clinton, la actual secretaria de Estado de los EEUU lo califica como un enviado estelar.
La historia de Haití y su tragedia son más complejas de lo que señala la secretaria de Estado norteamericana, a juicio de Castro. Permítasenos transcribir un buen fragmento del artículo de Castro:
Nuestra cooperación con la población de Haití comenzó hace diez años, cuando precisamente los huracanes George y Mitch azotaron el Caribe y a países de Centroamérica.
En nuestras facultades médicas se han graduado como especialistas en Medicina General Integral 533 jóvenes haitianos, de ellos, 52 estudian en Cuba una segunda especialidad que se necesita actualmente. Otro grupo de 527 ocupan las matrículas que le corresponden a la República de Haití.
En ese país laboran en la actualidad 413 profesionales cubanos de la salud que prestan gratuitamente sus servicios a ese pueblo hermano. Los médicos cubanos están presentes en los diez departamentos del país y en 127 de las 137 comunas. También prestan servicios más de 400 médicos haitianos formados en Cuba, y los alumnos del último año que realizan la práctica docente en el propio Haití junto a nuestros médicos, lo que hace un total de más de 800 jóvenes haitianos consagrados a los servicios médicos en su Patria. Esa fuerza crecerá cada vez más con los nuevos graduados haitianos.
No le toca a Fidel hablar de las relaciones dominico-haitianas. Menos de la ayuda que los dominicanos ofrecemos permanentemente al pueblo haitiano. De los 9 millones de haitianos no hay una cifra exacta de cuánto se han establecido en la parte Este de la isla, ocupada por República Dominicana. No sería exagerado decir que más un millón vive, estudia y trabaja en nuestro país. Y, así como empleamos su fuerza laboral en la agricultura y en la construcción, un gran número de ellos ha engrosado el comercio informal en la venta de frutas, dulces, refrescos, billetes, quinielas, bancas de apuestas y otras actividades que le permiten cierta independencia económica.
De igual forma, nos llegan desde Haití miles de menesterosos y niños fuera de las escuelas, madres parturientas, enfermos portadores de plagas y enfermedades infecto contagiosas, como la tubérculos, la malaria, la sífilis, la difteria y otras que fueron erradicadas hace varias décadas de este lado.
En nuestras escuelas estudian millares de niños, hijos de padres haitianos, nacidos o no aquí. De manera alguna se les discrimina a la hora de inscribirlos en las escuelas públicas. Siempre ha sido así. Los dominicanos convivimos con los haitianos, regular y normalmente. A nadie le molesta ni sorprende que su profesor o médico que abundan entre nosotros-, sea haitiano. O que nuestras viviendas u oficinas estén cuidadas por haitianos armados de escopeta.
No podemos obviar que en poblaciones y barrios pobres la convivencia se ha hecho tensa, en contadas ocasiones, por razones ajenas a sus orígenes. Son, más bien, por asuntos personales. Cotidianas trifulca que responde al orden del día de esos barrios, para decirlo de alguna forma. Se trata de cuestiones particulares, más por un restringido espacio económico en sectores donde es habitual una convivencia cuasi promiscua, donde la propiedad privadas se confunden entre sí los sitios públicos son invadidos por toda suerte de chiriperos, donde no falta uno que otros truhanes, sin banderas.
Estudiar y tratar este asunto debe ser tarea más para trabajadores sociales que para los políticos. Del lado que sea. Convertirlo en tema de orden internacional, ha sido una deliberada exageración que tiene que ver con particulares interese de políticos y dirigentes haitianos que, recurrentemente, han encontrado la encontrado la oportunidad de apuntalarse y/o justificar sus errores en la falta unidad y la no menos notable debilidad institucionalidad que nos excluye del debate en el orden internacional. La clase política e intelectual haitiana ha sido, por no decirlo, muy efectiva en su estrategia de de colocarnos a la defensiva, jugando al papel de victima. Si de buscar culpables se trata, no hay que cruzar el río Masacre. Están donde han estado desde 1804, la parte occidental de la esta isla. En Haití.
Atentamente,
Eduardo Álvarez

