Opinión

Los lectores opinan

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Yo fui condiscípulo de Leonel
Señor director:
Cuando finalicé en la década del 50 el bachillerato en Filosofía y Letras, había pocas carreras universitarias.

   Y la mayoría de los bachilleres que teníamos vocación por las artes nos inclinábamos por el Derecho, ya que las demás disciplinas se reducían a la Medicina, Ingeniería, Odontología, Farmacia y Ciencias Químicas.

   Para satisfacer parte de mi afición por los placeres mundanales, mientras cursaba la carrera comencé a laborar como locutor radial, ocupación en la cual abundan las invitaciones telefónicas de los oyentes a fiestas con abundancia de ron criollo y féminas.

   Posteriormente uní al micrófono las redacciones de los medios de comunicación, y en el radioperiódico Notitiempo me asignaron la fuente judicial.

   Cubriendo las incidencias de los procesos en los tribunales  comprendí que no tenía vocación por las leyes, y al mismo tiempo descubrí que me sentía muy a gusto en el trajinar periodístico.

  Abandoné los estudios en el octavo semestre, dedicándome de lleno a la comunicación social, actividad en la que estoy todavía inmerso en mis setenta y tres primaveras.

   Pero con la caída de las hojas del calendario experimentaba sensaciones de mutilación emocional por la carrera inconclusa, y me inscribía en semestres alternados con las cortas jornadas de los intersemestrales. Finalicé los estudios con edad pregeriátrica.

   En una de esas jornadas docentes ocupé asiento junto a un joven delgado, de aspecto taciturno, que siempre estaba inclinado sobre algún libro durante los recesos en las clases.

   Conversando con el aplicado y disciplinado alumno comprobé que era además un lector voraz de obras literarias y sobre temas sociales, combinación de aficiones que en mí aparecían como actividades excluyentes. 

   Una tarde le dije a mi vecino de pupitre que era un hombre afortunado porque cursaba una carrera que le gustaba y al mismo tiempo sentía afición por las disciplinas del campo de las Humanidades.

   Respondió que no sentía especial atracción por las ciencias jurídicas, pero que las estudiaba con dedicación y entrega porque al tiempo había que sacarle el máximo provecho cuando se realizaban estudios académicos.

   Durante el receso que siguió a ese diálogo comenté a otro condiscípulo que aquel joven llegaría lejos en cualquier actividad a la cual se abrazara, recordando al gran escritor mexicano Carlos Fuentes quien expresó que “la disciplina es el nombre cotidiano de la creación”.

   Es una de las escasas ocasiones en que he fungido de oráculo certero.     

Atentamente,

Mario Emilio Pérez

 

***

Error de Hubieres
Señor director:
El empresario del transporte Juan Hubieres comete un error al recurrir a la huelga de hambre para reclamar privilegios a los que no está el Estado obligado a acceder y que crearían una situación conflictiva con los demás sectores de ese ramo.

Es un recurso extremo que  se usa cuando todos los medios se han agotado o cuando la causa es tan justa que podría soliviantar el ánimo popular, de lo que se está muy lejos en el caso, donde se trata  de defender un negocio particular.

La mayoría de los dominicanos, que sufren los atropellos de los chóferes deben estar espantados ante la posibilidad de que el gobierno acceda a este chantaje, que  pondría a merced de esa gente la operatividad del experimento del metro. Todavía está fresco en la mente  el espectáculo del incendio de un autobús en medio de una huelga promovida por el grupo de Hubieres, donde resultaron quemadas varias mujeres que viajaban como pasajeras.

Ese sector apostó al fracaso del metro, por lo que mal haría el gobierno en darle participación, pues ha demostrado inconciencia con la población, incompetencia operativa e responsabilidad para honrar sus compromisos económicos.

El pueblo necesita un transporte sano,  con chóferes respetuosos de la dignidad, que hagan su trabajo al margen de la politiquería,  convencidos de que es un servicio público, no simplemente un negocio.

Atentamente,

Julio Rosa

El Nacional

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