Opinión

Los lectores opinan

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Una colecta por la Catedral
Señor director:
Leímos con pesar el reportaje que reseña el nivel de deterioro en que se encuentra nuestra Catedral Primada de América. Las imágenes por sí solas revelan lo necesario que se hace restaurar esa joya arquitectónica y lugar de peregrinación de los cristianos católicos.

Las imágenes sobre el deterioro de nuestra catedral cayeron como un balde de agua fría en mi familia, de amplia tradición católica, al punto que mi hijo menor me planteó la idea de iniciar una cruzada para sensibilizar a todos los católicos del país de modo que hagan un ligero aporte económico y se recaude el dinero para restaurar nuestro templo de fe.

Es seguro que si su Eminencia Reverendísima,  Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez, asume esta propuesta, los más de tres millones de católicos que hay en el país podríamos sacrificarnos con al menos 100 pesos cada uno para recaudar 300 millones de pesos que creo serían suficientes para devolver su esplendor a nuestra Catedral.

Estoy consciente de que muchos católicos no disponen de esa cantidad, pero debemos recordar la frase de que “la fe es capaz de mover montañas”; así como que sabemos que otros aportarán mucho más, ya que el nivel económico se lo permite.

Esta propuesta, además de tener lógica, es viable en este momento, porque, aunque reconozco que el Estado siempre ha colaborado con las iglesias, creo que por la situación económica que atraviesa el mundo debemos darle un respiro al Gobierno y asumir nosotros, los católicos, el costo del acondicionamiento de la Catedral.

Es una humilde propuesta, que espero sea sopesada por la jerarquía de nuestra Iglesia, con la seguridad de que desde el más recóndito lugar del país llegará ayuda para esa tarea.

Sin otro particular,

Atentamente,

Lic. José Antonio Torres

***

Bodas de oro
Señor director:
Cuando se casaron aquel 1 de enero, la celebración conmovió a todo el continente americano. Tan significativo fue el enlace, que 50 años después, la fecha nos recuerda en la mayor de las Antillas –un antes de oprobios e iniquidad y un después de equidad y dignidad.

El novio, hay que decirlo, fue educado por el más puro de los padres americanos, el inmortal José Martí, quien le enseñó a ser agradecido, como los que hablan de la luz del sol, sin reparar en sus manchas y le inculcó que la verdadera libertad es el derecho que tenemos a ser honrados y a pensar y hablar sin hipocresía.

Ella, la inexperta novia, pero inspirada también por las enseñanzas del apóstol cubano, era como una hermosa y perfumadora flor, bajada de la montaña por el fuerte aleteo de un viento renovador.

En esa fiesta de esperanzas y dicha, esposo y esposa se comprometieron ante la concurrencia escéptica, engendrar las hijas e hijos que convertidos  en educadores habrían de alfabetizar a los que en el continente y más allá no les llegaba el pan de la enseñanza.

Hoy, el matrimonio se mantiene unido con el mismo amor y la firme decisión de no cejar ante el embate de los cizañeros y mediocres que durante estos diez lustros, han tratado en vano de romper esa unión imperecedera. El mérito por honrar con creces el compromiso de otrora, es de los dos, como de ambos ha sido el denodado esfuerzo para llevar salud a tantos indefensos; pero justo es reconocer que de ella han sido la suprema inteligencia y la tenacidad sin límites.

Para ella, e interpretando el sentir de nuestra América, la admiración y el respeto, y que Dios la proteja siempre, por haber interpretado como nadie el mandato de Jesús: “Amaos los unos a los otros”, es decir, sean solidarios con el prójimo como yo lo he sido.

Por eso en sus bodas de oro con el pueblo cubano: ¡Que viva siempre la Revolución Cubana!

Atentamente,

Vicente Tapounet L.

El Nacional

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