Partió a las regiones infinitas de Jesús un hombre noble, honrado, que transitó los difíciles caminos de la vida envuelto en la sublimidad del trabajo que fuera norte, consigna y eslabón de su gloriosa existencia: Don Luis Cruz Collado.
Nacido en la pródiga Jarabacoa, se trasladó a Cristo Rey, en esta ciudad, junto a su esposa y sus idolatrados hijos pequeños, Félix Antonio, Franklin, Luis y Nereida, en busca de nuevos horizontes y a luchar con tenacidad, valor y grandeza moral por su educación y alimentación.
Don Luis no descansa, atravesando veredas, caminos, calles, lodos y fangos, tormentas y lágrimas, con un macuto, un serrucho y martillo al hombro, pues era experto en construcción y reparación de viviendas, edificios, y el macuto que era centinela de sus inquietudes, con el cual ganaba y llevaba a su hijos para la comida y cenar a veces. Esto le sirvió también como equilibrio, porque, como dijimos al pronunciar el panegírico en el cementerio Puerta del Cielo, Don Luis fue un héroe anónimo del trabajo y la Patria, frase diseñada por el prestigioso matutino El Caribe, bajo la influencia correcta de don Manuel Quiroz, montaña del Periodismo.
Allí en el Cristo Rey de ayer, edificó una casita, donde está hoy instalada la clínica Cruz Jiminián, y muchas veces llegaba sudoroso con su macuto y utensilios en los hombros, y otras sin percibir dinero ni ganancias. En los días en que nada ganaba, el hoy filántropo doctor Cruz Jiminián y hermanos y hermanas, se acostaban y asistían a centros educativos sin desayunarse ni cenar, pero con el alimento y aliento consolador de su progenitor magnífico. Y, como espartano de esos tiempos, don Luis llevaba en su mente las frases de Homero: Dios ha puesto el trabajo por centinela de la virtud.
También en el Camposanto, expresamos las palabras del genial poeta Manuel Del Cabral: Hay muertos que van subiendo, mientras más su ataúd baja. Así, destacamos las cualidades cívicas de Don Luis, expresando que, al confundirse con la tierra que le vio nacer, lleva en su frente la corona de la inmortalidad y el honor.
Como sabemos amar más y más lo que con esfuerzo hemos conquistado, de la cosecha primorosa y el legado que deja a la República don Luis, tenemos entre sus hijos al destacado humanista doctor Antonio Cruz Jiminián, quien se graduó en 1982 en la UASD, aunque no pudo comprar el anillo para su investidura, hoy convertido en grande, como la nobleza de Don Luis.
Este filántropo, el doctor Cruz Jiminián,es una figura cuyo nombre debían llevar calles, avenidas, escuelas y hospitales en todo el país, ahora en vida, no después.
El país se enluteció con la partida de don Luis, y la solidaridad y muestra de dolor ofrecido a todos sus hijos, esposa sobrinos, nietos hermanos y demás familiares, fue inmensa, histórica porque quien aprende a vivir, amar y trabajar, sabe morir mejor.
¡Adiós, descansa en paz! Y, como expresan en el gran sermón de la Iglesia San Pablo en Cristo Rey, que don Luis ayudó a construir, el padre Manuel:Ya Don Luis se ganó el cielo.
