Cuando le conocimos en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), en las décadas de 1970 y 1980, la sociedad dominicana no estaba muy articulada en torno a la urgencia de mejoras en el proceso enseñanza-aprendizaje. Mucho menos había cerrado filas en la exigencia del 4% para la educación.
El sempiterno reclamo era un mayor presupuesto para la Casa de Altos Estudios y la interrupción de las clases por el tóxico e insoportable hedor de las bombas lacrimógenas, la realidad cotidiana de quienes muchas veces tuvimos de huir por temor a caer asesinados.
Eran tiempos de baños sucios, comida grasienta, aulas superpobladas y de múltiples grupos estudiantiles que con muy alta frecuencia interrumpían la docencia para vociferar consignas; de calor excesivo y escribir a mano. En fin, fueron los tiempos de la denominada inteligencia gris, de aprender lecciones a través de folletos y fotocopias.
Nuestro mundo parecía pequeño: poseer una maquinilla Royal, Olimpia o Remington y saber usarla, era más que un privilegio; una grabadora de casetes portátil, casi un sueño; tener una imagen de periodista (porque entonces la idea del comunicador social era bastante etérea), una utopía; serlo y vivir de ello, un verdadero logro.
Cuando le conocimos, profesor Núñez Grassals, apenas surgían fermentos de la tecnología informática: en nuestro país las computadoras se reducían a las famosas perforadoras de tarjetas, el uso civil y masivo de la Red Internet era impensable.
Ni qué decir de las cámaras digitales o del formato de audio denominado mp3. Sin embargo, como ahora, había muchos docentes, pero muy pocos maestros.
Quiso Dios que le conociéramos a usted, que fuéramos sus discípulos y tras descifrar -no sin mucho esfuerzo- su parsimonia, su hablar bajito y pausado, su amor por la ética y su vocación definitiva por el correcto uso del lenguaje en la redacción periodística y por la disciplina en el aula, aprendimos a aprender lo que usted quería enseñarnos: excelencia académica, profesional y moral.
De usted nos quedaron no sólo la pirámide invertida, la redacción clara y concisa y la correcta aplicación del Periodismo de Opinión y otros géneros, sino lo más importante: los valores y principios que han propiciado que, cuatro décadas después, ninguno de nosotros haya incurrido en conductas anti éticas que desprestigien su hacer profesional.
Cada año llegan a la Escuela de Comunic ación Social de la UASD y a otras academias cientos de muchachos y muchachas con el sueño de aprender y hacer carrera; y cada año vuelven a encontrarse con muchos docentes, pero con pocos maestros.
Maestro: Usted hace mucha falta en las aulas universitarias y en los medios de comunicación. Le necesitan esos jóvenes que exhiben gran destreza al chatear, bibear, postear y taguear, pero que apenas conocen el idioma y la redacción, y que muy poco entienden de combatir la corrupción desde la comunicación masiva.
¡Elevamos votos para que el Todopoderoso obre por usted, maestro!
Carlos Rodríguez, Cándida Figuereo, Luchy Placencia, Edgar Valenzuela.

