Opinión

Magia esfumada

Magia esfumada

Comunicar es un arte. Diseñar, trazar un puente invisible, pero real, entre alguien que emite y otro que recibe. Ambos toman conciencia plena de que, entre ellos, se ha tendido, con la mera activación de la fuente emisora, un trayecto que les pemite ir y venir en un intercambio recíproco de comprensiones. Es la perfecta sintonía.

Ese canal vinculante no es estático, como nada en la vida. Se va transformando en una u otra dirección, en función de las respectivas evoluciones de sus actores. El que comunica puede incrementar su capacidad de persuadir a su auditorio, o éste terminar clausurando sus oídos, rechazando con vehemencia un mensaje que podría, de repente o paulatinamente, quedar sumergido en el descrédito.

Del lado del emisor, la veracidad del contenido de lo que comunica y la coherencia entre su decir y su hacer, son las variables esenciales en la preservación de su influjo y del sostenimiento de su activo principal, que es su credibilidad. En lo que respecta al receptor, su nivel de formación y, como consecuencia, su cota de conciencia, decidirán la magnitud de la dificultad que habría para recabar o  perder su adhesión entusiasta.

En la actividad política, el dominio del arte de comunicar es tan vital como afinar para el cantante. La historia está repleta de ejemplos de personajes que han sustentado su ascendiente popular o su ejercicio público, en un manejo casi seductor de las herramientas de la comunicación. En sentido inverso, ha habido quienes, a partir de sus minusvalías en este ámbito, han pagado un alto precio. Dentro de nuestras fronteras, ¿puede alguien negar las ostensibles diferencias entre Juan Bosch, Joaquín Balaguer y José Francisco Peña Gómez, por un lado, y Antonio Guzmán, Salvador Jorge Blanco e Hipólito Mejía, por el otro?.

Leonel Fernández, sin dudas, tiene el perfil para integrar el primer grupo. Excelente transmisor de mensajes, provisto del atractivo discursivo que le permite despertar ilusiones y la confianza de que las mismas se harán realidad. Eso ha sido decisivo en su exitosa carrera política.

Esa cualidad, no obstante, ha podido generarle mayores dividendos al navegar, hasta ahora, por mares sosegados, así como porque los pasajeros no conocían suficientemente las características del capitán. En la medida que la travesía ha ido avanzando y las aguas se han tornado procelosas, su pericia ha ido perdiendo contundencia.

Quedaron atrás las horas de cosechar la herencia prestigiosa del líder histórico. Terminó el período de la atribución colectiva de diferenciaciones al PLD respecto al resto de los partidos. La actitud positiva de la gente ante el tan proclamado nuevo camino; ante la promesa reiterada de un progreso que se ha varado en unos pocos bolsillos y de una modernidad de mentira, ha sido acribillada ante las evidencias irrefutables de que todo ha sido una copia clonada del pasado.

Para colmo, los ciclos ecómicos negativos, que al parecer eran atribución exclusiva de otras gestiones, les han girado a ésta una visita desagradable. Sus pésimas recetas, de menor repercusión en tiempos de bonanza, se manifiestan en toda su malsana dimensión en circunstancias de crisis. No es posible conciliar dispendio y escasez.

De esa forma, la magia se ha esfumado. Se cimentaba sobre bases falsas. El sistema político dominicano está agotado. Pretender reproducirlo, como mera estrategia de preservación del poder, puede ser efectivo a corto plazo, pero era previsible que no tardaría en comprobarse que se trata de una ruta equivocada. Su última alocución al país parecía ser la primera, porque jamás se le había visto tan disminuído.Víctima de su propio modelo de gobernar.

yermenosanchez@codetel.net.do

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