La gran figura del ceremonial no fue anoche exactamente el homenajeado, sino ella, la indefinible, la que crea mundos únicos en la imaginación de cada quien, la que ha servido para hundir a tiranos y a sus poderes en el descrédito final y permanente de la letra impresa concebida en el más alto de sus tonos, la que ha sabido ser premonitoria y anunciar los destinos de los pueblos, la que nos dijo en sus lenguas indecible cómo debía ser la marca de agua del primer amor: la poesía. Ella fue la reconocida en su mosaico de validaciones y que, como instrumento de fuego y llanto, grito o esperanza, enlazado al ideal social avistado desde lejos o cantar la belleza de un rostro, la imponencia cotidiana de un simple jardín o a la lúdica contemplación de la armonía humana. Ella, la poesía, con todos sus roles encrespados, fue el centro de un acto de justicia social, encaminada por el Estado y la Fundación Corripio para reconocer a las figuras fundamentales de las letras nacionales. La poesía vistió anoche su rostro moreno de ternura, compromiso, entrega y pasión por el estímulo a que otros fueran los fantasmas escribientes de su Universo, y tuvo, con la entrega del Premio Nacional de Literatura 2010, uno de los homenajes mas profundos, detallados, populares y sentidos a flor de piel, cuando el ceremonial se transformó en mas que un reconocimiento al galardonado, tal como debió ser en principio, para ampliarse y mostrar el papel trascendental del lenguaje y la palabra en sus oficios mas noble, a un público que pudo ofrecer a Mateo Morrison el aplauso y la risa, la solidaridad y el mudo estupor ante una obra no había sido enfocada como anoche presentando el resumen de las características que la adornan.
La del galardonado es una obra poética que vincula en la cual la lucha real, armas en la mano por la soberanía, el grito contra la opresión vestida de gobiernos constitucionales impuestos por la fuerza militar y la miseria ancestral, nacida de algún error mayor indefinido en la distribución final de las riquezas. Una obra poética, la suya, juzgada con prejuicio y condenada a deslucirse con el cambio de los paradigmas sociales. El tiempo vino a demostrar, y lo demostraron los dos expositores iniciales del acto, como la poética de Morrison supo crecer con años, madurar con hechos, mantener frescura y espacios. José Rafael Lantigua, que más que funcionario principal de la Cultura, hizo de de crítico enjudioso, y conocedor a fondo de la literatura, tal cual como en los buenos tiempos del inolvidable suplemento Ventana, quien recordó cómo Morrison, hizo sus cartas de presentación como poeta, junto a Andrés L. Mateo y a Rafael Abreu Mejía, con el folleto Aniversario del Dolor, (no casualmente impreso a iniciativas de Raful, quien, ejerciendo el papel del poeta solidario, fue quien tomó la iniciativa de llevar a la letra impresa los poemas manuscritos de Morrison (Mateo ven, que te espero en la imprenta con tus poemas) inaugurando una nueva etapa y el poeta Tony Raful, emocionado al punto de comparten cómodamente sus linderos con el decir del amor y los pasillos casi nunca elogiados el extremo, de un erotismo auténtico y fino, penetrante y disfrutable. 40 años, nunca habían sido resumidos con tanta precisión y detalle, con tanto amor y conocimiento intelectual. El acto fue una clase bien presentada en el ambiente más adecuado. La extensión de las intervenciones no se sintió. El público fanático de Mateo por cantidad de razones, disfrutaba cada idea, cada palabra. Y si el discurso de orden de Lantigua fue una extensa y bien escrita relación sobre la poética de Mateo, la semblanza de Raful mostró, en primer lugar, la consistencia de sus textos, abordada como lenguaje social incomparablemente lúdico, insustituible y comprometido, todo en una combinación en la cual, la obra de Mateo ha validado el criterio de una poesía que recorre a pies los caminos y se encuentra con miseria, dolor, sangre y dolientes. Y a todos responde. Una poesía igualmente vigorosa de hondos quereres expresados en lenguaje dado a quienes sacerdotizan de la mejor manera con las ideas y el sentimiento.
Fue ésta la ceremonia de entrega del Premio Nacional de Literatura más concurrida. La mejor estenografiada hasta el presente. Fue la del público popular y familiar más preeminente. La representación de la intelectualidad, el Estado y la Fundación fue una de las más nutridas. Llegaron guaguas de diversos puntos con talleristas y artistas (incluyendo la de San Francisco de Macorís). Fue una de las entregas más emotivas, lo que se notó en el tono, el cuidado y profundidad de los discursos, y particularmente en las propias palabras de Morrison, quien compaginó la emoción, con el humor y el recorrido didáctico que hizo por la galería perfumada de la gran poesía nacional y sus figuras fundamentales, recorriendo todas sus tendencias, desde el romanticismo tardío de un Fabio Fiallo, hasta el compromiso social de jun Juan Sánchez Lamouth, repasando cada una de esas figuras esenciales, y sus características disímiles entre sí, pero todas igualmente admirables y vigentes – .
La música
La producción del espectáculo concibió una oferta musical que mezclo con sentido lúdico lo clásico y lo popular. La figura principal fue el trompetista y vocalista Víctor Mitrov, nacido en Bulgaria e instrumentista clásico, quien en su primera presentación como solista- una calidad y un carisma que le hizo recoger nutridos aplausos. Fue acompañado al piano por Elionai Medina, Militza Iankova, violinista bulgara y Dejan Kulenovich, Sergio. Los tres instrumentistas extranjeros pertenecen a la Orquesta Sinfónica Nacional. Ofrecieron un espectáculo inolvidable que incluyo piezas de orden clásico, como la Obertura de la Suite den Re mayor, temas musicales de Casablanca e Il Postino y Dr. Zhivago y La boheme.

