Sólo los necios dudan, y hasta se preguntan por qué Hipólito Mejía está otra vez en el umbral de la casa presidencial, listo para continuar la obra de gobierno que en el año 2003 le tronchó la estrategia del presidente Leonel Fernández. Para nadie es secreto que, según se asegura, el actual mandatario, manipuló durante su primer cuadrienio hasta diferir el fraude Baninter, para que hiciera explosión en los pies de Hipólito, y sus efectos le franquearan el regreso al poder.
Sin embargo, como definitivamente la Ley de Dios no acepta trampa, el entonces presidente y hoy candidato del PRD, aunque tuvo que rasgarse los forros, con el coraje que lo caracteriza, hizo de tripa corazón y, contra viento y marea, les devolvió sus ahorros a casi un millón de dominicanos que en ellos tenían depositados su pasado, su presente y su futuro. Además de que con su acción les preservó la vida a muchos potenciales suicidas.
Ese solo detalle, por lo claro y contundente, le bastaría a cualquier despistado para entender la inminencia de otro merecido período presidencial de Hipólito Mejía. Pero, ¡qué va! El deseo patológico del dirigente Danilo Medina de seguir hundiendo en la miseria a los ya depauperados dominicanos, no le permite ver que ahora el Estado que él denunció que lo venció ayer, hoy tiene nombre y apellido, para que respete al líder.
Dos jueyes (cangrejos), no pueden vivir en la misma cueva, es una sentencia del argot folclórico de nuestros hermanos puertorriqueños, que no tiene desperdicio. Si Danilo se resiste a asimilar esa realidad, es su problema, lamentablemente.
Por lo demás, no es ocioso recordarles a los que hacen política a lo loco y a los que se alocan haciendo política, que, aunque lo casual tiene categoría histórica, como lo estableció el venerable Carlos Marx, lo imprevisto jamás alcanza más de un 18% promedio de probabilidad, según los cálculos estadísticos más actualizados

