Unidad interna en el PRD
El mito de que Juan Bosch fue el fundador o uno de los principales fundadores del Partido Revolucionario Dominicano, PRD, debe desaparecer de la distorsionada historia que se ha escrito y comentado sobre ese hecho de trascendente importancia para el discurrir político-partidario, pues al paso que llevan sus defensores, Juan Pablo Duarte le quedaría chiquito. Y, eso lastima.
Es falso de toda verdad la pretendida preponderancia del insigne intelectual vegano en el nacimiento del más antiguo de los partidos políticos del país, pues cuando él se prosterna ante el Jefe con su tristemente célebre carta, donde le expresa que con el cambio a Ciudad Trujillo de la ciudad de Santo Domingo, la honrada era la ciudad y no él, queda al desnudo su débil convicción política y su inconfesado propósito de salir del país dizque para dedicarse a la vida literaria.
La involución que se ha venido operando en el PRD de manera sistemática y profunda, a mi juicio, y avalado por los hechos, es hija legítima de la naturaleza divisionista que afloró y sentó raíces, desde su fundación, con el arribo de Bosch a La Habana, ocho años después del ascenso al poder del brigadier Rafael Trujillo.
No obstante ser fundado oficialmente en el año 1939, se puede afirmar que el PRD es el resultado de un proceso evolutivo de la idea del doctor Juan Isidro Jimenes Grullón de crear, a finales de 1937, la Unión Revolucionaria Dominicana para luego transformarla en un partido de amplia dimensión, a los fines de consolidar la unificación del exilio.
Sin embargo, si se interpreta bien la moraleja del refrán: Una cosa piensa el burro y otra el que lo apareja, se nota en seguida que hasta la llegada de Bosch, los esfuerzos de los dirigentes de la diáspora estaban inspirados en la unidad, y que por un argumentado impulso megalómano y afán protagónico, él se convierte en piedra de discordia.
Al llegar Bosch a Cuba, y observar el ascendiente de Jimenes Grullón en el exilio, supuestamente, se desatan los demonios de su envidia y de sus prejuicios y complejos en contra de él. La ascendencia cuasi aristocrática de éste, en tanto biznieto y nieto de dos próceres republicanos que alcanzaron el solio presidencial e hijo del estadista Juan José Jimenes, se alega, fue puro veneno para su alma resentida.
Pero, bien. El asunto es que Bosch llega a la Habana, y, por designio o qué se yo, mas no por generación espontánea, la semilla divisionista aparece, y aún germina, crece y se reproduce, sin que se avizore el fin de su ciclo, y que sus despojos abonen el desarrollo en paz de la unidad y la solidaridad que tanto necesita el PRD que contra viento y marea preservó el doctor Peña Gómez.
Ahora, cual si surgiera de algún lugar insondable, el fantasma de la división emerge amenazante por enésima vez, como si tuviera la encomienda de atizar la involución y desmentir lo que hasta ahora se consideró verdad de perogrullo: Que el PRD sabía hacer la oposición decidida y firme necesaria para la reconquista del Poder, perdido por la lucha interna. Hasta esa impronta, que no era lo más halagüeño, también se perdió. ¡Qué lástima!

