En honor a la verdad, confieso que no sé donde leí o escuché la frase lapidaria que complementa el título de este artículo; aunque sí recuerdo que hacía referencia a una costumbre que aún debe existir en una cultura milenaria de la parte oriental de nuestro planeta, cuando fallece alguien con quien se ha tenido alguna diferencia, sin que importen ni la dimensión ni las razones ni las circunstancias.
Pienso que, a lo mejor, es una manera más sentida y decente de expresar el desacreditado borrón y cuenta nueva que en nuestro país, desde casi siempre, ha justificado indelicadezas y vulgares latrocinios y alevosos asesinatos morales; por cuanto en aquellos lares se tiene el propósito de dejar claro para siempre que la deuda a que alude la proposición, a todas luces de sentimiento, queda sepultada con el finado.
Acicateado por la enseñanza y con la venia de mi propio fuero, en tanto, sobretodo, es un asunto de conciencia, y a lo único que aspiro es a morir en paz con todo ser vivo, paso a relatar el único incidente en que se vio envuelta la efímera relación de amistad que existió entre Freddy Beras Goico y el autor de esta columna, convencido de que fue la obra mefistofélica de una interpósita persona, con aviesas intenciones.
La infausta situación se presentó después de las elecciones del año 1990; comicios que el PLD perdió por la arrogancia de Bosch al no aceptar el apoyo incondicional que le ofreció el doctor Peña Gómez, a sabiendas de que el PRD por la terquedad de Jacobo Majluta de formar tienda aparte, no tenía ninguna posibilidad de salir airoso en ese escrutinio electoral, en plazas que él consideraba emblemáticas.

