Opinión

Mi voz escrita

Mi voz escrita

Entre muchísimas otras, hay dos máximas que el tiempo, inexorable y aleccionador, ha demostrado que son incuestionables: “El mentiroso y el cojo, no llegan lejos” y “En la vida, lo más importante es cómo se termina”.

Lo del cojo es lógico, en tanto, por su deficiencia física, más temprano que tarde se cansa. Con el mentiroso, el asunto es mucho más delicado.

El mendaz, está condicionado “sine qua non” a tener buena retentiva; y eso no es fácil. No porque a uno se le antoje. Es que no basta con repetir las mentiras, para convertirlas en verdad.

Ese, es un vano empeño que sólo el cretinismo aconseja, confiado en el olvido de los demás; pero, ¡Oh, ironía!, casi siempre, la víctima de la falacia recurrente tiene memoria de elefante, y el boomerang resulta inevitable y catastrófico.

En cuanto a la importancia de cómo se termina, se me ocurre que es una suerte de “chance” que le ofrece la vida a quien comienza mal, consciente o inconscientemente, y continúa por el sendero equivocado, para que rectifique.

La historia registra innumerables casos de gente que decide cambiar y matrimoniarse con la gloria; pero también de otros que se empeñan en ser aborrecidos, por egoístas y ridículos.

De los primeros, no hay mejores paradigmas que el de Dimas, el llamado “buen ladrón”, según la tradición cristiana, y el de Francisco Alberto Caamaño Deñó, lo más alto de la dignidad nacional.

De los últimos, no tengo la menor duda de que Hipólito Mejía es el más conspicuo de todos; capaz, según el parecer de muchos, de lo que no se atrevería el más perverso de los perversos.

Pero, hay todavía más, señor Héctor Guzmán.

Si en este país hay alguien que encarne la contradicción, el disparate y el “cantinflismo” barato, no tiene usted que ir lejos, búsquelo a su lado.

Seguro que lo encuentra con nombre y apellido, y hasta con un alegado mote que yo desconocía: el farsante.

El Nacional

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