La fórmula Trujillo
La afirmación del presidente de la Junta Central Electoral en el sentido de que la Ley de Partidos, en caso de que sea aprobada, promulgada y publicada, no se podría aplicar en los comicios de mayo, es una estocada artera a la clase política decente y al electorado pensante, en tanto cercena la aspiración de que el proselitismo transite por senderos institucionales.
No obstante, sería injusto cargarle el dado al doctor Julio César Castaños Guzmán. Pienso que él desconoce que se le utiliza en una conspiración contra la pieza legislativa, que alegadamente implementó el señor Rafael Calderón, supuesto mentor del proyecto, para complacer al presidente Fernández a cambio de la candidatura a senador del PLD por la provincia de Azua.
Entenderla es simple hasta para un minusválido mental. ¿Cómo es posible que un legislador presente un proyecto de ley de su alegada autoría, se le nombre presidente de la comisión encargada de su estudio, y, luego, la secuestre para que jamás se conozca? La única razón de semejante conducta es la perversidad que genera la ambición, en nombre del pragmatismo más aberrante.
Sin embargo, ahora que el ejercicio de la política constituye una de las peores deshonras para el ciudadano ordinario, propongo que, ante los alegados obstáculos, se establezca la práctica y legítima Fórmula Trujillo. La renuncia anticipada de todo aquel que obtenga un puesto electivo en el PRD. Así se garantiza la imposibilidad del saltimbanquismo desleal, pues, a fin de cuentas, los cargos son institucionales, no personales.
2. Se habla mucho del raciocinio, la lucidez, la entereza y la verticalidad del patricio Juan Pablo Duarte. Hasta se considera una herejía cualquier cuestionamiento a su preclaro pensamiento. Sin embargo, no está claro cuál era el concepto dialéctico de pureza que el trinitario tenía cuando afirmó que la política es la ciencia más pura, después de la filosofía. ¿Acaso lo que se presume puro, forzosamente es inmutable?
Sin pretensiones filosóficas, pienso que Duarte incurrió en un grave error cuando casi compara la sublimidad del estadio filosófico con una actividad que, como la política, con el paso del tiempo y la acción de los hombres, ha devenido en una gran sentina donde sólo se acumula la podre más corrompida que la mente pueda imaginar.

