En los dos escritos anteriores, dije y reiteré que la diferencia que hubo entre Freddy Beras Goico y yo, fue por una intriga de alguien que, resentido, sabrá Dios por qué, actuó de manera perversa y cobarde.
La verdad es que, ante la defensa de un triunfo incierto, de forma destemplada, temeraria y a ultranza, por demás, del también versátil artista, como ya expliqué, publiqué un artículo en el vespertino Última Hora, entonces dirigido por el periodista Aníbal de Castro, donde lo critiqué acerbamente. No obstante, en el programa Punto Final de ese día, él no se refirió al asunto, ni de manera tangencial: lo pasó por alto.
Eso, obviamente, no le gustó al malintencionado sujeto, que lo hizo reproducir al día siguiente en espacio pagado, en el mismo medio; en tanto la intención era verlo reaccionar como un energúmeno, tal cual era su comportamiento, cuando se le provocaba. Lamentablemente, Freddy dio como un hecho que había sido obra mía tanta depravación.
En el espacio de esa noche, con una teleaudiencia cautiva y digna de apología, tuve que ver y escuchar, cómo la única persona que logró hacer reír a mi padre con cierta hilaridad, y sólo por eso se ganó mi admiración imperecedera, se destapó con toda suerte de expresiones despectivas y, por demás desconsideradas, sobre mi persona, a sabiendas de que yo era el locutorcito que él conoció en Radio Cristal, cuando producía y realizaba el Show de Noticias, junto a Milton Peláez y Cuquín Victoria.
Extrañamente, a pesar de mis requerimientos, tanto el licenciado Aníbal de Castro como la encargada el Departamento de Publicidad del tabloide, nunca me quisieron decir quién pagó la publicación.
En todo momento me alegaron cuantos eufemismos tuvieron a mano; y, hoy día, a casi veinte años del incidente, no alcanzo a comprender por qué ese caso se trató como si hubiese sido un secreto de Estado.
En verdad, aún no encuentro la razón para tanto misterio (¿?).

