Y de la confesión, ¿qué?
En mi artículo del viernes pasado me referí al clamor del Papa para que los líderes mundiales sean solidarios y subsidiarios con las naciones más pobres y débiles, y lo califiqué de injustificable. Pienso que Benedicto XVI se sustrajo del liderazgo universal para liberar a la Iglesia católica de responsabilidad.
También aludí, tangencialmente, a los casos del presidente Fernando Lugo y del suspendido padre Alberto, al parecer de la congregación salesiana, cosa que lamentaría. Sin embargo, hacer algunas precisiones sobre uno y otro, no sería sobreabundar; en tanto, aún falta mucho por saber, si es que se dice todo.
La Curia Romana no pudo controlar las debilidades falderas de Lugo, ni impedir su proyecto político, porque se dedicó a desarrollar su propio esquema, ante lo difícil de escalar social y económicamente. Él, conocedor de sus potencialidades, hizo lo que muchos otros muchachos marginados: Utilizar la Iglesia en pos del status que anhelan.
Algo similar sucedió con el narcisista e inefable padre Alberto. Convencido de su chulipapysmo, abandonó sus correrías amorosas para estudiar teología y aplicar los nuevos conocimientos en la producción de programas religiosos interactivos en radio y televisión, hasta tanto madurara su proyecto personal para, luego, vender el desenlace y provocar la cuenta regresiva del celibato.
Su presencia en los medios le permitía conocer y manipular las intimidades de tontos útiles, físicos y virtuales, ofreciendo solucionar los problemas de parejas con sus consejos espirituales. ¡Estrategia perversa, pero bien fraguada! Tanto, que hasta valoró la conveniencia de promover su ministerio en el espacio de Cristina Saralegui, pionera en farsas chabacanas.
¡Claro que hubo premeditación! Además de su apostura y su carisma, cultivaron con paciencia calculada la retórica religiosa y política (ambas en el caso del ex-Obispo), que tan buenos resultados dejan al discurso demagógico; sobre todo, si se cuenta con anuencia y consentimiento eclesiásticos.
Juan Pablo II en el 2004 degradó a simple sacerdote al Obispo Lugo, debido a sus actividades políticas; éste, quizá viéndose en el espejo de Jean-Bertrand Aristide, suspendido a divinis por la misma razón en Haití, renuncia y solicita seguir como laico, para continuar bajo el poderoso manto de la Iglesia, pero fue retirado.
La prelacía católica subestima la capacidad racional de los fieles que siguen firmes en su doctrina. Olvida que arrear a pensantes nunca será fácil. Las andanzas del padre Alberto no son de ahora; pero la Iglesia las tolera por conveniencia.
Cuando un reportero de El Nuevo Herald le preguntó al vocero de la Diócesis de Miami, padre José Hernando, si la suspensión al padre Alberto era temporal o definitiva, soltó prenda: Dijo, que el Padre Alberto es un sacerdote a quien no se le puede sustituir, es un hombre carismático, con mucho talento, vitalidad y experiencia. Si eso no es confesión, ni releva la prueba

