El viejo Cronos no perdona; todo termina sufriendo las consecuencias de su transcurrir incansable. Y sobreviene la descomposición o la muerte, que son saltos del movimiento dialéctico que a todo y a todos, sin orden ni concierto, va empujando hacia el misterio.
Sentí mucha pena al enterarme del fallecimiento de Miguel Pérez, un puertorriqueño sentimentalmente vinculado a nuestro país a quien mi familia y yo queríamos entrañablemente. Poco antes de su partida, lo había visto en una de esas estaciones del cambio, visiblemente desgastado por la fuerza irresistible del tiempo. Seguía siendo él sin dejar de serlo todavía, pues los surcos de su rostro y el montón de canas que le habían sustraído a su cabellera el bermejo de tiempos pasados, lo habían transformado.
Lo mismo no pudiera decir de don George Hazoury, viejo amigo de mi padre, quien desafiando el calendario llegó a la vejez, pero no padecía de achaques que anunciaran su proximidad del crepúsculo. Al estrecharle la mano aquella tarde que nos vimos, no sospeché que sería la última, pues la lozanía y vitalidad de que gozaba don George, ofrecían la impresión de que había aplazado la agonía de su tránsito terrenal.
Como decía el poeta Jorge Manrique, así de callados son los pasos de la muerte. W. S. Maugham, en un drama que tiene lugar en Bagdad, lo retrata de este modo: el esclavo está comprando los alimentos del día; diligente y cuidadoso, selecciona lo mejor que encuentra, pero de repente se queda de una pieza. A duras penas se repone y corre presuroso a la casa del amo, y ante su presencia exclama tembloroso: Hace un momento, mientras realizaba las compras del día, me tropecé con la Muerte, y me hizo un gesto de amenaza.
El amo le sugirió que tomara el más veloz de sus corceles y se escondiera en sus posesiones de Samarra. Sin perder tiempo, el esclavo galopa hacia Samarra, mientras el amo se dirige al mercado y entre la multitud alcanza a ver a la Muerte, a la que increpa con violencia: Oye tú, ¿por qué hace un rato le hiciste un gesto de amenaza a mi esclavo?. La Muerte, con su boca desdentada y enseñando la vacía cuenca de sus ojos, le respondió indiferente: No ha sido un gesto de amenaza, sino de sorpresa, pues no era aquí ni ahora sino esta noche y en Samarra que él tiene una cita conmigo.
La recreación de este relato probablemente diste de su texto original, pero mi esfuerzo por recordar con alguna fidelidad la redacción del novelista inglés, tiene por propósito demostrar que llegar a viejo no es ninguna lástima. Nada importan los cambios estéticos sufridos ni que la aptitud creadora se haya apagado con los golpes de la edad, ya que al colocarnos en el camino de la muerte con un fardo de años a cuestas, cumplimos el anhelo más encarecido de todos cuantos abrigamos durante esta trayecto siempre breve que llamamos vida. Sé que duele mucho perder a alguien querido, y ninguna expresión de pesar se acerca a consolar el dolor, pero permítaseme manifestar a los deudos de Miguel y don George la tristeza que he sentido con motivo de sus decesos.

