Las dos parejas estaban emocionadas. Al fin, había llegado la fecha del viaje anhelado. Su planificación fue meticulosa y todos los detalles, al parecer, milimétricamente previstos. Tenían expectativas del asueto que pasarían en el considerado mejor lugar de la costa atlántica para descansar y disfrutar.
Salieron bien de mañana y los ánimos estaban en alto. Pararon a desayunar en un famoso restaurant de la autopista y, en medio de la comida, uno de los esposos lo soltó de golpe: Antes de llegar a su destino, entrarían a una casa de la ciudad costeña hacia donde se dirigían porque él y su mujer deseaban presentarles a sus amigos, alguien que para ellos tenía una significación especial.
Ante un viaje tan organizado, era normal que la desconocida información causara sorpresa en la pareja a quien se le acababa de comunicar. De manera igualmente natural surgieron las preguntas. ¿De quién se trata? ¿Por qué no nos lo habían dicho?.
Respondió la esposa pidiendo que les permitieran preservar la incógnita porque no querían ofrecer ningún detalle. Se explayó en elogios para la persona a quien iban a conocer y el profundo significado que para ella y su marido tenía el personaje, al punto que lo valoraban como la motivación para continuar adelante cuando las fuerzas parecían fallar.
Todo eso incrementó la curiosidad de sus amigos, quienes no cesaban de hacer conjeturas.
Pensaron en un sacerdote consagrado. Visualizaron un asesor espiritual. Un maestro practicante de filosofías orientales.
Aunque desechaban la idea, no podían evitar incluir en sus supuestos una hechicera de las que habían escuchado decir que eran famosas en aquel pueblo porteño. Resignados, no les quedó más que esperar que el misterio fuera develado.
Con el ambiente un poco tenso por el imprevisto cambio de planes, llegaron al lugar donde el velo sería descorrido. Estacionaron el vehículo en la marquesina desocupada. Era evidente la confianza de quienes así procedían. Se desmontaron al tiempo y el conductor tocó el timbre. Abrió la puerta una señora que conocía al caballero, a quien invitó a pasar.
Cuando todos entraron, el objetivo pudo visualizarse en plena faena. Con el pincel asido a su boca, desde su silla móvil retocaba el cuadro que completaría la exposición que haría en México. Al percatarse de la visita, una sonrisa iluminó su rostro. Con su mayor esfuerzo, musitó palabras que completaron el asombro de dos personas que la veían por primera vez.

