Las últimas semanas han visto un despliegue impresionante de campañas en contra de la violencia contra la mujer a través de marchas, publicaciones en los medios, redes sociales, declaraciones en la prensa, y hasta un flamante proyecto de ley que, de aprobarse, fracasará en su propósito igual que los anteriores.
Una sociedad que no reconoce el derecho de una mujer sobre su propio cuerpo, donde no se persigue el estupro ni el abuso sexual infantil, donde la educación sexual sigue recibiendo un tratamiento de tabú, y donde no existen políticas concretas para reducir los embarazos de adolescentes no puede en buena lid afirmar estar “consternada por los actos de violencia contra la mujer”, la realidad es que nuestra sociedad es hipócrita.
Es muy fácil indignarse por las consecuencias cuando nos hacemos ciegos de las causas. Desde el Estado, con el impulso de muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras por la violencia contra la mujer, se han venido librando batallas en contra de los derechos de estas mismas mujeres que hoy dicen defender.
Cada caso particular de violencia tiene sus propios matices, y hay un trasfondo cultural real que sostiene la mentalidad que degenera en los mismos; pero olvidemos soluciones si lo único que podemos ofrecer son marchas y slogans, si se desea cambiar un problema enraizado en los aspectos más negativos de nuestra cultura, debemos realizar cambios estructurales en la forma misma en que pensamos en los derechos de la mujer.
La prohibición a la mujer de terminar con un embarazo peligroso o no deseado, la permisibilidad con los hombres adultos de sostener relaciones sexuales con menores de edad (con o sin consentimiento de quien sea), la falta de monitoreo de las adolescentes embarazadas y la responsabilidad de sus padres y su pareja, la falta de educación en materia de prevención, embarazo, enfermedades de transmisión sexual, consentimiento y muchos de los temas relevantes en una educación sexual efectiva, entre otras barreras al ejercicio de los derechos más básicos de la mujer, son de los factores más relevantes en la perpetuación de la violencia contra estas.
Cuando de forma persistente nuestra sociedad arrastra los pies para enfrentar esos problemas empleando excusas absurdas como supuestos religiosos sin base, o tradiciones tercermundistas que se insisten defender no obstante ser claras aberraciones en el mundo actual, no podemos alegar un interés real por el bienestar de las mujeres.
No, el problema no está únicamente en los hombres abusivos, este viene siendo arrastrado por todos nosotros. Ni las campañitas ni los slogans van a impedir que continúe esta plaga de violencia, si deseamos alcanzar una solución lo primero que debemos hacer como sociedad es mirarnos al espejo y ver en él al hipócrita que hemos sido.

