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Busquemos las palabras más antiguas, las más frescas y pulidas formas del lenguaje, con ellas debe decirse el último acto. Con ellas diremos el adiós a un mundo que se hunde en el caos definitivo y extraño del futuro.» Así sus poemas no solo destacan por el burilado empleo de las palabras, siempre con una prestancia regia, sino con ese tono de nostalgia de quien se despide. El sujeto lírico recuerda y siente pena por un devenir que anula toda belleza conseguida. En sus poemas no solo están rincones amables y presencias queridas, sino, sobre todo, un mundo que se deshace.
Sin embargo lo poético no está únicamente en sus versos.
Entre sus narraciones y sus poemas crece un entramado muy coherente. Constantemente se trasvasan citas y motivos de uno a otro modo escritural. Lo poético está en la exactitud meticulosa y bellísima del lenguaje que entrevé, mientras lo narrativo está en el recuento de una circunstancia que se desmorona.
Así los inefables personajes de sus novelas que resumen nervaduras del ser, como el Capitán de La Nieve del Almirante que, en un ámbito que no lo complace, avanza como un bote irremisiblemente condenado a desbarrancarse por los rápidos de la vida, o la bella Ilona, que llega con la lluvia, ayuda en la solución de las más inenarrables complicaciones, se deja amar sin llegar a ser poseída y no se aparta del alma aun sin la esperanza de una reconciliación, o el libanés Abdul Bahur, soñador de navíos, con toda su habilidad de negociante emprendedor sin dejar de ser amigo bueno e inclaudicable, o ese viejo vapor, Alción, toda una prosopopeya que vaga como alma en pena, entre Estocolmo y el trópico, con su asmática maquinaria, un emblema de lo que actúa más por voluntad que por posibilidad, son todos esferas de una poesía del extravío y la ironía de la existencia. Mientras tanto, sus poemas frecuentemente gozan del carácter narrativo al ponernos ante una experiencia singular.
por: Manuel García Verdecia
