El cuadro real de la narco-corrupción y el poder ha sido conformado por hechos incontrovertibles que es preciso repasar.
Las mafias civiles y militares, estatales y comunes, se asocian; pero también compiten y se dan tumbes entre sí.
Comparten negocios ilegales, pero además se enfrentan. Pelean y se arreglan. Se amenazan y se matan.
Cada familia (civil o militar) tiene su propio sicariato. Los capos militares usan a sus subalternos para matar a lo Montoya. Los civiles a sus bandas de matones.
Los capos militares y policiales usan los organismos de inteligencia y la capacidad investigativa del Estado para detectar cargamentos de drogas y de dólares y apropiarse de ellos, ejecutando tumbes (como el de Paya y Agosto), realizando allanamientos legales para apropiarse de parte de lo encontrado y simulando quemas de drogas para revender la original.
Cobran también elevados peajes a traficantes civiles por proteger por aire, mar y tierra sus operaciones ilegales.
Los capos civiles sobornan autoridades o conforman asociaciones de malhechores con ellas.
EL estado degenera así en narco-estado y los gobiernos en narco-gobiernos, como es el caso dominicano.
Un caso en que no solo se da la infiltración de las narco-mafias civiles en el aparato burocrático-militar estatal, sino todas esas variantes de asociaciones y pugnas delictivas dentro del poder y todas esas mutaciones gangsteriles de jefes militares, políticos, empresarios afines y jefes de cárteles.
Pasa eso también con otras formas de corrupción como el contrabando, el tráfico de influencia, las compras sobrevaluadas, la usurpación del patrimonio público, el robo de fondos estatales dando lugar no solo al narco-estado sino además al estado delincuente e n sentido general, con canales expeditos hacia el componente corrompido de la sociedad civil.
En ese contexto, no es cierto que la corrupción se queda sólo en hechos aislados, ni tampoco es cierto que el Jefe de Estado de ocasión está situado al margen de ella..
Tampoco es cierto que los Figueroa Agosto sean los únicos malos de la película, sino que muchas veces sus perseguidores resultan peores y ambos le ponen precio a sus cabezas.
A lo Al Capone, al estilo del gángster siciliano y a imagen y semejanza de la Casa Blanca, la que se erige en jueza del mundo, pero es incapaz de juzgar su podredumbre.

