Siempre se ha dicho que la Navidad debe ser motivo de reflexión. Es cierto que los tiempos han cambiado, pero todavía en muchos hogares y corazones está presente el cumplimiento de los deberes cristianos, especialmente en una época tan propicia como la conmemoración del nacimiento del Señor.
Estamos viviendo una época convulsa, caracterizada por el irrespeto a los valores humanos, la violencia generalizada, la corrupción a todos los niveles, pero sobre todo marcada por la falta de fe, circunstancia que hace a muchos portadores de desconfianza. Ese pesimismo lleva al ser humano a lo peor, porque cuando se carece de fe en el futuro todo se complica.
Hoy, nuestro país está agobiado por enormes problemas cuya solución no se vislumbra, a pesar de las estadísticas que indican que en muchos casos hemos avanzado. Sin embargo, la realidad muestra que cada vez más crece la pobreza y los problemas se agigantan. Crecen también las demandas de las comunidades, muchas de ellas olvidadas desde tiempo inmemorial. Y como resultado de ésa y otras causas, surge la violencia, estimulada por el narcotráfico, con su secuela de lavado de dinero, corrupción y alteraciones sociales.
Estamos conscientes de que los gobiernos no pueden cumplir con todas las exigencias populares, como sería lo deseable, pero por lo menos sí pueden dar señales de eficacia haciendo cumplir las leyes, sin distinción, aunque haya que tomar medidas drásticas, parecidas a aquella decisión del Maestro que echó a latigazos a los mercaderes del templo.
Nuestras Navidades se erosionan aún más cuando coinciden con elecciones. La propaganda atosiga, y algunos candidatos apelan a repudiables recursos. Esto evidencia que no se piensa en el pueblo, sino en ambiciones personales.
Es una lástima que esto suceda, pues ha sido mucha la sangre derramada para conquistar algunas cosas buenas que tenemos.
El 21 de enero, Día de Nuestra Señora de la Altagracia, se cumplirán 50 años del desvelamiento del Movimiento de Resistencia Interna contra Trujillo, que desató una represión sin precedentes, a tal punto que la Iglesia Católica emitió una pastoral de protesta. Muchos de los ideales de esa juventud que se sacrificó, están truncos, entre ellos la consolidación de la democracia, soportada por una Asamblea Constituyente.
Nuestro deseo es que las Navidades sirvan para reflexionar, preparándonos para la próxima celebración del Día de la Altagracia.

