Opinión

NEURO-PSICOLOGÍA

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El pasado 29 de octubre se celebró el día mundial de los accidentes cerebrovasculares, íctus o como mejor lo conocemos en nuestro contexto, “trombosis”.

Este día, mas que todo, persigue que la población mundial sea consciente de los riesgos que supone un evento de éste tipo y por tanto tome las medidas posibles para combatirlo.

Y no es para menos. Las trombosis suponen la segunda causa principal de muerte en personas mayores de 60 años y la quinta causa de muerte en personas de entre 15 a 59 años.

A todo esto,  cuando hablamos de trombosis nos referimos a una afectación de los vasos sanguíneos que llevan la sangre a nuestro cerebro. Es el equivalente a un infarto de corazón, pero en el cerebro.

Las secuelas son múltiples. Desde parálisis de una parte del cuerpo, hasta marcadas dificultades para hablar, mantener el equilibrio y problemas de movilidad.

De igual manera, los trastornos emocionales y cognitivos después de una trombosis son notables. En el primer caso, es frecuente que las personas manifiesten estados depresivos y de ansiedad. Aunque no siempre ocurre así, en demasiadas ocasiones las funciones cerebrales pueden verse afectadas con problemas de memoria y  en la capacidad de atención y concentración.

La pregunta es obligada, ¿Se puede prevenir una trombosis?

Si no “prevenir”, al menos podemos modificar algunos  factores de riesgo importantes como son la obesidad, tener la presión arterial alta, fumar, tomar alcohol en exceso.

Si a esto añadimos ejercicio físico dentro de la actividad diaria, estaremos haciendo nuestra parte en la prevención de un evento tan peligroso como común.

El Nacional

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