Se aproxima el fin de año y con éste las nuevas metas, mejor dicho, las buenas intenciones. Muchas de estas persiguen, no solo el beneficio personal en cualquiera de sus dimensiones, sino que se basan en el trato con otros.
¿Quién no se ha impuesto como meta alguna vez llevarse mejor con la tía fulana o visitar más a la abuela enferma? ¿Quién no se ha propuesto firmemente para éstas fechas dejar de gritar a los hijos o ser más paciente con el servicio doméstico?
Y es que, de una manera u otra, el común de las personas desea tener buenas relaciones interpersonales. No obstante, en demasiadas ocasiones, esto puede tornarse casi irrealizable para la mayoría.
Es importante saber que una buena relación interpersonal requerirá salirnos de nuestra zona de comodidad y en mayor o menor medida supondrá ponernos en el lugar del otro. A esto se le conoce con el nombre de empatía.
La empatía tiene dos componentes, el primero de los cuales es cognitivo, por medio del cual podemos comprender, mediante la observación detallada, la manera en que piensa el otro. El segundo componente, el emocional, que no es mas que la reacción que tomamos antes el estado emocional de los demás.
Aunque es cierto que podemos desarrollar voluntariamente la empatía, los estudios neurocientíficos afirman que ésta se relaciona con factores biológicos y con algunas hormonas específicas, o estructuras neuronales como son las llamadas neuronas espejo.
Existen incluso pruebas que miden la capacidad de empatía. El Indice de Reactividad Interpersonal (IRI) examina la capacidad de: comprender otros puntos de vista, la tristeza producida por la desgracia de otro, la rabia que se produce por el abuso físico perpetuado, inclusive, a un desconocido. Todas éstas son medidas de la capacidad de empatía que se tenga, y de éstas depende mucho la calidad de las relaciones interpersonales.
De hecho, muchas de las personas que en ésta prueba se notan indiferentes en la mayoría de sus componentes, suelen tener características antisociales, como los violadores o sádicos, que se complacen ante el dolor ajeno.
Pero no nos vayamos tan lejos. No solamente los antisociales pueden estar carentes de empatía. Muchas veces, por innumerables motivos, nosotros mismos podemos encajar en ésta categoría.
El comienzo del año es un buen momento para meditar en nuestra relación con esa tía fulana, con ese hijo adolescente, o con esa vecina que grita, y establecernos como meta e intención ponernos un poco más en el lugar de ellos, desarrollando así esa empatía que tanto nos beneficiará a nosotros como a quienes nos rodean.

