Opinión

Nina Bruni

Nina Bruni

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Lo bello y lo fino sin lo grotesco y vulgar no existirían porque, ¿cómo establecer en tal caso las abismales diferencias? Es por eso que me enorgullece evocar (¡ya es recuerdo!) el inicio de nuestra amistad y de todo lo que aprendí de historia, de cine y de experiencia de vida.

El correo electrónico que acompaña esta carta adjunta también tiene la foto solicitada junto con otra del edificio de administración de la UWI, St. Augustine Campus. Si querés curiosear un poco más podés visitar www.uwi.tt.

Espero con gusto el poema sobre el amor platónico y te cuento que el CD de Basia ya lo estuve disfrutando tanto como el segundo cuadro de los careados dientes de Trujillo. No hay imagen más nefasta. ¿Recordás a Thais la desdentada, prominente figura de los epigramas de Catulo? Te mando un gran abrazo argentinito-baguense y brindo por el próximo encuentro. Tu amiga, Nina Bruni
Mi respuesta a Nina.

Santo Domingo. Mayo 2, 2005. Querida Nina: No puedes imaginarte la alegría que siento al recibir tu correspondencia, porque creo, sinceramente, que la razón principal de esta maravillosa euforia yace en lo que significó el haberte conocido y en la riqueza de tu conversación, ¡tan abierta, tan franca!, y sobre todo tan desprovista de esa solapada hipocresía que se mueve entre nuestros cronistas —disfrazados siempre de críticos— y a lo que uno, por la fuerza de la rutina, termina malacostumbrándose y convirtiéndola en un hábito perjudicial.

Conversar contigo fue internarse en un no-tiempo, en un apartado espacio donde la luz y la alegría refulgieron sobre los acostumbrados ritos: las mismas pieles y caretas, los mismos sarcasmos y asperezas, los usuales mimos dentro del paisaje.

Y esta magia —permíteme llamarla así—tiene su explicación: nuestras palabras evadieron el “nosotros”, yéndose hacia los contornos donde el protagonismo fue de los “otros”: tu amado Lancelot Cowie, el novelista Abel Posse, el cine, la música, los ancestros, etc.; que podríamos explicar con una metáfora simple: la convergencia, el inusitado goce con que degustamos las coincidencias alrededor de nuestros trabajos, sin alternarlo con las ambigüedades posmodernistas, que es el terreno preferido por la neo-intelligentsia para defender conceptos moribundos.

Y es por la evasión del “nosotros” que creo, sinceramente, que aún nos falta mucho, muchísimo espacio para cabalgar sobre el tiempo, auscultándonos en las cotidianidades de nuestras vidas: lo transitado, las cuitas, las esperas, las agonizantes búsquedas, las sospechas evadidas, los amores insepultos, las compañías desechadas. Por eso, este Santo Domingo del 2005 no podrá ser —así lo creo— el último escalón de una amistad, sino la catapulta hacia una inagotable búsqueda.

Este encuentro, entonces, deberá erguirse sobre las viejas teorías de la sospecha y las envidias, haciéndose cómplice de la algarabía, del futuro y de una apasionante cadena de lenguajes y ritmos, donde prime —con absoluta libertad— la exploración de corrientes nuevas y vivificantes. Gracias por esa fotografía donde tu rostro refleja la mansedumbre y la inocencia. Queda de ti, Efraim.

El Nacional

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