Si por declaraciones, notas de prensa y asistencia gubernamental fuera, la República Dominicana tendría que oficialmente declararse como país comercialmente insostenible e imposibilitado de generar retornos en negocios realizados dentro de su territorio, y al mismo tiempo premiar a los empresarios por su espíritu altruista (poniendo su dinero para servir gratuitamente al pueblo) como héroes nacionales.
Constantemente productores de arroz, habichuelas, pollos, harina, huevos, leche, vegetales, frutas, etc. y empresarios de servicios como el transporte, electricidad, turismo, construcción, etc. hacen declaraciones en los medios implorando asistencia del gobierno para sus negocios, puesto que (o así parece) eternamente se encuentran al borde de la quiebra.
La lógica indicaría que si el negocio no es rentable, y hay que pasar más tiempo mendigando limosnas del gobierno que desarrollando estrategias de negocios para sacar algo de dinero, quizás es tiempo de dejar eso de producir o dar un servicio y dedicarse a pedir limosna a tiempo completo. Así se ahorran las apariencias y no tienen que gastar lo que el gobierno les regala en un negocio insostenible.
Ya salió a relucir que este año el gobierno destinó casi un tercio del presupuesto a mantener negocios fallidos con subsidios, lo que se agrega a los cientos de miles de millones de pesos que se les ha lanzado desde el Estado durante la última década.
Las excusas por lo general son repetitivas: que los precios de las materias primas aumentaron, que es difícil conseguir financiamiento, que la demanda bajó, que un fenómeno natural, etc. Y yo me pregunto, el que empieza a producir arroz ¿no sabe la dificultad de conseguir financiamiento para proyectos agrícolas? ¿O no sabe que está en República Dominicana, justo en el medio de la ruta de huracanes? O sea que hay que rescatarlos de pormenores predecibles y naturales de sus negocios.
Adicionalmente a estos subsidios, el Estado se tomó la molestia de protegerlos de la competencia acordando un desmonte del gravamen de esos productos en 20 años tanto en EPA con Europa como con el DR-CAFTA con EEUU y Centroamérica.
¿Cómo se han beneficiado los consumidores con esto? En absolutamente nada. Los precios siguen igual de altos y en muchos casos la calidad se ha reducido. Es muy probable que los subsidios hayan evitado un disparo de los precios de esos productos, pero pecan de ilusos los que creen que si el arroz, el pan o la leche triplican su precio, la gente seguirá comprándolos como robots descerebrados. La demanda se desploma y el precio lo va a tener que hacer con ella, de lo contrario se pierde el negocio.
Muchos se han alzado reclamando apoyo para estos empresarios ineptos con el nacionalismo como única justificación. Les recuerdo que el nacionalismo no reduce precios, ni mejora la calidad de los productos, ni pone comida en la mesa.
He aquí una novedosa idea: déjenlos quebrar. Si los que actualmente producen esos bienes y ofrecen esos servicios, no fueron capaces de prever estas variantes y al mismo tiempo actuar para adecuarse a ellas, es probable que no merezcan seguir en el negocio. Las tierras no quedarán ociosas, mercados completos no van a desaparecer, los actuales empresarios serán naturalmente sustituidos por otros, nacionales y extranjeros, que igual que estos deben ser sometidos al mismo trato indiferente. Ya basta de arrojarles dinero a los problemas, algo que obviamente nunca ha resultado.
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