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Oscuro panorama

Oscuro panorama

Luis Pérez Casanova

No hay que pensarlo mucho ni ver solo los efectos por estos lares para sentirse altamente preocupado por las secuelas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán.

A pesar de la impetuosidad del presidente Donald Trump, cuesta aceptar que el Gobierno estadounidense no calculó la capacidad del Ejército, la posibilidad de que el conflicto se propagara por el Medio Oriente, el papel de potencias como Rusia y China ni mucho menos un eventual bloqueo del transporte de petróleo por el estrecho de Ormuz.

Errores como el misil que causó la muerte de 175 personas en una escuela, en su mayoría niños, son para angustiarse sobre el curso de los acontecimientos.

Por más esfuerzo que se haga, es inconcebible que Washington no previera el alza de los precios del petróleo, que no solo ha golpeado a los consumidores estadounidenses sino a todas las economía. Y para más confusión que Rusia, que se ha mantenido prácticamente indiferente ante los ataques a su principal aliado en la zona, haya comenzado a saborear los beneficios de la guerra.

El régimen de los ayatolas que Trump procura destruir a cualquier precio no es diferente del instaurado por el zar Vladimir Putin en su país.

Sin embargo, para reducir las presiones con el alza del crudo tras la crisis en torno al estrecho de Ormuz, el mandatario estadounidense ha decidido de manera unilateral levantar las sanciones económicas a Rusia, con todo y la invasión a Ucrania. Putin, con cuyo temperamento Trump simpatiza, se ha burlado de las negociaciones sobre un alto al fuego e insiste en reclamar el control de la nación vecina, rica en la producción de alimentos y recursos naturales.

Los acontecimientos en torno a Irán sugieren, entre muchas hipótesis, si entre Estados Unidos, China y Rusia no existía algún acuerdo de antemano para repatirse el botín de la guerra. Putin y Xi Jinping, que apenas han reaccionado sobre la invasión a Venezuela y la captura del presidente Nicolás Maduro para ser juzgado por narcotráfico en Nueva York, tenían que saber de antemano de la operación estadounidense en la nación islámica. A menos que sus servicios de inteligencia sean decorativos.

Al parecer, no se correspondían con la realidad las señales que daban China y Rusia como escudo de los ayatolas ante un ataque armado de Estados Unidos.

Con lo que se ha visto hasta ahora puede deducirse que los iraníes sí estaban preparados para resistir una intervención militar, cuya capacidad Washington tal vez subestimó. Tal vez pensó que bastaba con neutralizar a China y Rusia, sacándoles su ración, para cantar victoria. Lo único claro sobre los acontecimientos es la oscuridad del horizonte.