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Osvaldo Virgil: El faro que guió a los dominicanos a las GL

Osvaldo Virgil: El faro que guió a los dominicanos a las GL

Osvaldo Virgil junto a Juan Soto, estrella de los Nacionales.

Las líneas que siguen a continuación constituyen el breve prólogo que escribí para el libro “Yo Virgil, Mi Historia”, de la autoría del fraternal amigo Mario Emilio Guerrero, puesto en circulación esta semana y que deseo compartir con los lectores de El Nacional este domingo:
A manera de exordio
Osvaldo Virgil no ocupó nunca un plano estelar en las Ligas Mayores de Béisbol, pero fue un conquistador que franqueó puertas a sus compatriotas y a los jugadores de su raza. De ahí su doble condición como explorador dominicano de tierras desconocidas junto a la de creador de surcos en la espesa maleza de una época infame.

El número 1 en múltiples vertientes para los nacidos en Quisqueya, Virgil fue también el primero en derrumbar el muro oprobioso de la discriminación racial beisbolera en una ciudad como Detroit demográficamente copada hoy por una amplia población identificada por su piel de ébano.

Fuera de su debut perfecto en aquella metrópolis que puso al mundo sobre ruedas, este libro no es un depósito de hazañas extraordinarias por parte de un pelotero que fue ordinario aunque venerable, pero recoge interesantes pasajes y escenarios desconocidos en los vaivenes de un ser humano dedicado con singular pasión y devoción al deporte de sus amores.

Piloto de aviones antes que de equipos de pelota y entusiasta pescador de cojinúas antes que de jóvenes prospectos, Virgil ha sido en gran medida un vanguardista. El comandante de un pelotón original que hoy alcanza la categoría de ejército, el nombre de Osvaldo permanecerá grabado en caracteres indelebles en los libros y la conciencia de los historiadores del pasatiempo.

A 65 años de su debut con los Gigantes de Nueva York, nace esta obra como un esfuerzo por enmendar errores y negligencias, por compensar falencias y olvidos. Aún con la noche encima, la oportunidad llega para cumplir una tarea redentora como es la de reconocer a uno de los grandes héroes de nuestro parnaso deportivo.

En un admirable empeño por rescatar a Virgil de un ostracismo puro y simple, o un irreverente destierro en el lejano oeste dominicano, Mario Emilio Guerrero se ha convertido en un investigador justiciero que descubre y presenta páginas olvidadas y otras nuevas en la vida de nuestro representante primigenio en las Grandes Ligas.

La tarea del autor ha sido ardua en extremo pero, empecinado como es, ha vencido obstáculos de diversa índole para ensamblar con metódico orden la multiplicidad de datos e historias que a lo largo de varios años ha ido desvelando y desempolvando acerca del nativo de Montecristi que abrió a sus paisanos el camino al Gran Espectáculo.

Estas páginas que se desprenden como hojas secas de un árbol que se va acercando a la categoría de centenario, nos llegan precisamente en el inicio del otoño a manera de recordatorio de que nunca es tarde para hacer las cosas como debieron haber sido.

Roosevelt Comarazamy

Roosevelt Comarazamy