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Sustentado en el paralelismo de incendiar un símbolo partidario y la necesidad de renovar el Partido de la Liberación Dominicana, lo cual lleva implícito un mensaje de ruptura con el pasado, con lo viejo, con lo que está mal, nuestro personaje postuló como precandidato presidencial por su partido y su campaña concitó la atención de importantes segmentos de la población, tanto dentro de la membresía peledeísta como fuera de ella.
A partir del misterio con el cual se manejaron los resultados de las encuestas que sirvieron de base para la selección del candidato de la corriente danilista, trascendió que a Domínguez Brito le jugaron una trastada, lo cual parecía confirmarse por el retraso con el cual se reintegró a la actividad electoral.
Con la ingenuidad que uno suele proceder en ocasiones, como ráfaga de brisa fresca me pasó por la mente la idea de que este sería el chance que FDB aprovecharía para decidirse con toda responsabilidad a transitar el camino que lo diferenciara de forma inequívoca de todos los métodos y dirigentes responsables de que el PLD sea hoy una entidad desprovista de la posibilidad de transformar la democracia nuestra, haciéndola pasar de una entelequia infuncional a una realidad incontrovertida.
La ilusión se esfumó en segundos, nueva vez, FDB optó por claudicar ante los mismos intereses que él erróneamente considera que podrían sustentar en el futuro su proyecto, sin percatarse de que su única posibilidad de crecer en el sentimiento popular es marcando su propia esencia que debe ser distante de quienes han generado una sensación de hastío en la colectividad junto a la esperanza de que algo novedoso con autenticidad pueda construirse.
Como era previsible, sus verdugos lo utilizaron y le asignaron papel de vocería en una campaña de derroches y exhibición de impudicias. Lo que debe tener por seguro es que otras oportunidades no le serán concedidas.
Basta con su lastimoso papel como procurador general de la República respecto a los casos de corrupción, asumido por él con tanta vehemencia que llegamos a suponer que había finalizado la era de la impunidad, para luego desistir con el miserable argumento de que no confiaba en la SCJ.
Como epílogo, todo sellado con un espaldarazo al pasado de su partido, cuando se creía que él formaba parte del porvenir. A no ser que sea víctima de la creencia equivocada de que “sangre nueva” es sinónimo de estrenarse en la búsqueda por el poder.

