Como cada año, diciembre llegó puntual, acompañado de sus cielos diáfanos y brisas frescas. La del próximo lunes será Nochebuena, y al día siguiente la humanidad celebrará el natalicio de Jesús. Pero, ¿nació el 25 de diciembre? A juzgar por el relato que ofrece Lucas en el versículo 2.8, parecería que no.
Había pastores en la misma región que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño, escribió el apóstol, y de haber sido así, entonces hay al menos una razón para creer que el hijo del Todopoderoso no vino al mundo en diciembre, puesto que el frío inclemente del invierno impedía e impide pastorear al aire libre.
Lo cierto es que el martes conmemoramos su día, y que el 31, al toque de las doce y entre repiques de campana y descargas de pólvora, le daremos la bienvenida al 2013. Ahora bien, si no fuese por las luces de colores que iluminan los adornos de temporada, nadie advirtiera que estamos en Navidad, pues no se percibe el espíritu embriagador que distingue estas fechas.
La gente está descorazonada por la crisis económica que nos abate, desánimo que es agravado por la incertidumbre que apareja el próximo año. Por supuesto, no son estás las primeras ni serán las últimas Navidades que se nos presenten con sus reiteradas escenas de pobres aquejados de privaciones, ya que el discurrir de la vida no cambia la crudeza de esta existencia desigual. Sea como fuere, y en lo que llega el 2013 y vemos qué nos trae, les deseo a ustedes que me honran leyéndome cada miércoles una muy feliz Navidad.

