Con la consumación de la crónica de una muerte anunciada para la candidatura de Ramfis Trujillo, llegamos al fin del circo paralelo que constituía la presencia de este en el proceso electoral. Sin embargo, lo que este logró en el relativo poco tiempo que estuvo en el proceso debe servir de advertencia para nuestros partidos políticos y debe motivar cambios importantes a lo interno de estos.
A pesar del rechazo natural por su apellido en todos los escenarios, aún sin tener una estructura medianamente presentable a nivel nacional y con todo y llevar un discurso que no ha sido efectivo en el electorado dominicano en los últimos 30 años y presentarlo sin ningún tipo de carisma, Ramfis Trujillo llegó a alcanzar 5.8% de las preferencias de acuerdo a la encuesta Gallup-Hoy de enero de este año.
Sumándose a esto, de acuerdo a la encuesta Barómetro de las Américas el porcentaje de dominicanos que se identifican con un partido político pasó de 63.4% en el 2012 a 36.2% en el 2019.
Este distanciamiento entre partidos y la población quedó fielmente retratado en las recientes protestas por la suspensión de las elecciones del pasado 16 de febrero. Mientras el número de manifestantes creció de forma exponencial hasta alcanzar su pico el pasado jueves, el apoyo de esos manifestantes a la protesta convocada por los partidos de oposición el pasado domingo fue notoriamente pálida.
No es la primera vez que trato de hacer esta alerta a nuestros partidos tradicionales, pero ciertamente me siento obligado a ponerle más urgencia. El estado actual de nuestros partidos políticos es sensiblemente parecido al de países que fueron tomados por sorpresa por populistas carismáticos como en Venezuela, y la posibilidad de que este próximo 17 de mayo estaremos eligiendo nuestro equivalente a Rafael Caldera es muy real si las cosas no cambian de curso.
Pertenecer a un partido político tiene que significar algo porque estos deben representar algo, más que la cara de dos o tres líderes en un momento. La existencia de los partidos únicamente como estructura para obtener votos no es sostenible.
Aunque el pragmatismo como motor de las políticas públicas que traten de impulsar los partidos como su bandera propositiva puede lucir razonable, esto tenderá a favorecer a populistas ideólogos con soluciones simples a los problemas que el pragmatismo no puede atender con la velocidad a la que aspiran la mayoría de los votantes.
Para esta vuelta tuvimos la dicha de que esa alternativa se manifestó en un candidato que no tenía forma legal de ser elegible, no tenía el carisma para hacer atractivas sus ideas y cuyo apellido carga con un fuerte rechazo en nuestra sociedad. Para las próximas elecciones no estoy seguro de que tendremos la misma suerte, y eso debe hoy llamarnos a reflexión para no vernos en el espejo de algunos de nuestros vecinos.

