Hace muchos años, precisamente la noche en que mataron a Goyito Castro, me encontraba en el periódico Última Hora. Estaba visitando a Juan Bolívar cuando escuché una discusión.
Era entre un grupo de campesinos que habían llegado al periódico para denunciar la violencia de que eran objeto por la policía Balaguerista de esos años terribles y un periodista, que en ese entonces se declaraba Balaguerista, que les rebatía lo que solo ellos podían afirmar porque estaban padeciendo.
Nunca se me olvidó la imagen de ese tipejo, cuyo nombre tampoco he olvidado durante estos años, mientras lo he visto amasar una inmensa fortuna con todo tipo de negocios turbios y una praxis que es burla nacional. Mencionar su nombre es que te digan: ¡Ese es un carajo! ¡Ese no sirve para nada!, aunque hoy ande en un auto de millones de pesos y ostente una villa en esa república independiente de todo control ciudadano que es “La Romana”.
Potentado del mal gusto a la enésima potencia, tengo hoy otra razón para reafirmar el inmenso desprecio que ese señor me inspiró precisamente la noche en que mataron a Goyito.
Y esa razón es haber descubierto su miserable práctica con la empleomanía doméstica, como lo es tener una señora trabajando, por seis mil pesos mensuales, desde hace más de veinte años.
Para esta persona no importan el salario mínimo establecido, ni los aumentos salariales, su práctica es mantener en la esclavitud a infelices madres de familia que por carecer de educación no se atreven a someterle a la justicia, a ir a la Secretaria de Trabajo, a exigirle el pago retroactivo de todo lo que le debe desde hace mas de dos décadas.
A este perro huevero no le han quemado el hocico. Como no se lo han quemado a docenas de pseudos periodistas bocinas que han hecho fortuna en base a las negociaciones non santas, para –viniendo de los barrios más miserables- presumir con la oligarquía, que toman bebidas carísimas, que sus hijos, ya blanqueados, pueden repetir con una falta de pudor insólita, sus viejas prácticas, casarse con muchachas “bien”, y figurar en revistas “sociales”.
Lo peor es que todos los conocen, pero nadie les niega el saludo, aunque cuando dan la espalda escupen, o salen corriendo a desinfectarse con alcohol.
Queda mucho por hacer para que las trabajadoras domesticas de este país, para que las infelices víctimas de acoso sexual en las oficinas estatales, o en los resorts turísticos, cuenten su historia, y si no se atreven para que sus hijos e hijas evidencien legal y públicamente a estos perros hueveros, a quienes si les quemaremos el hocico.
Por: Chiqui Vicioso
luisavicioso21@gmail.com

