La sociedad ha vuelto a engalanarse su traje de mamarracho, que no es otro que el de la hipocresía, para ensañarse contra su víctima. Es lo que ha ocurrido con el diputado Julio Romero, quien ha tenido que enfrentar como si fuera de interés nacional el conflicto con una mujer a quien habría embarazado cuando ésta era menor de edad y que ahora le reclama la manutención de la criatura. El caso ha sido suficiente para que al legislador se le estigmatice como si hubiera incurrido en el peor de los delitos. El diputado tendrá unas responsabilidades legales que afrontar, pero que no se venga con el aspaviento de lo moral para crucificarlo. Desde el punto de vista de la ética pública sería ridiculo juzgarlo y menos condenarlo. Lo que se ha visto en el escándalo es mucha exacerbación. No se trató de una violación, amén de que bajo un sistema permeado por la mentira, las infidelidades, la traición, la permisividad, el engaño y las iniquidades, resulta cuesta arriba juzgar a alguien con sinceridad desde la óptica del deber. Más que llevar al paredón al legislador, el escándalo ofrece muchas aristas que delatan gravísimos problemas sociales que el liderazgo moral no debe ignorar. La condición de legislador no es el mejor referente para colocar a nadie en el centro de una tormenta basada en principios y valores. La doble moral, en este caso, ha blandido el hacha para podar ramas, pero sin tocar el tronco, donde nacen escándalos como el protagonizado por el diputado del PRD. No es el caso, pero las estadísticas dan cuenta de muchas jóvenes que se entregan al acto sexual, no para disfrutar de la relación, sino por necesidades económicas y sociales. En ocasiones hasta con el consetimiento de los padres. Si de algo sirve el escándalo que puso al legislador en la picota es para llamar la atención sobre las lacras en torno a las cuales se asienta el sistema social.
