De que se pudrió, se pudrió. Este Estado y sus gobiernos son insaciables en materia de corrupción, crímenes e impunidad, y suman cada vez más podredumbre sobre la podredumbre.
Del Estado delincuente dominicano, del poder gansterizado del país, del reino de la impunidad aquí, he hablado y escrito muchas veces.
Este mal en expansión no era cosa exclusiva de un partido, ni de un gobernante llamado Joaquín Balaguer.
Cierto que aquellos doce años, y luego los otros diez, dieron lugar a un gobierno no solo corrupto, sino también corruptor. Algo inverso a la leyenda aquella del Rey Midas, aquel que convertía en oro todo lo que tocaba: Balaguer, por el contrario, lo convertía en porquería de la peor especie.
Hizo escuela. Creó modelo. Contaminó la cúpula del PRD, que tanto lo combatió. Infectó de mala manera el impoluto cohollo del PLD, hasta al punto de desterrar de su dirección y nuevo liderazgo la recia moral del profesor Bosch. Cangrenó la partidocracia en su conjunto y la transformó en algo realmente detestable.Pero no solo se trató de esa modalidad criolla de reciclaje del trujillismo, siempre con la impronta despótica, autocrática y lambonística, sino además y sobretodo- de la esencia del sistema en que se ha montado ese especie de continuidad ascendente de la delincuencia de Estado. Esto es parte de la esencia del capitalismo y su derivada dependiente y tardía en al periferia de ese sistema mundial, hoy estremecido por la crisis más profunda de su historia.
Mezcla de explotación del trabajo asalariado, de robo del producto del plus-trabajo y de viejas y nuevas modalidades de la acumulación originaria de capital: despojos, semiesclavitud, saqueos, depredación, atracos desde el Estado y al Estado, robos al contribuyente, estafas, desfalcos, tráfico de influencia, contrabandos, tráfico de drogas, de personas, de dinero, de órganos de niños(as), extorsiones, lavado de dinero, prostitución adulta e infantil, bancarrotismo .
Todo esto potenciado al enésimo nivel por la filosofía neoliberal con su predica individualista y su práctica egoísta; con su progresiva degradación del ser humano y la conversión acelerada del ciudadano/a en clientes, en consumidores/as de todo lo bueno y de todo lo malo, en piezas desechables de una maquinaria comercial, en mercancías de diversas categorías
En ese mundo el éxito estriba en la capacidad de consumir a costa de una gran parte de la sociedad, a la que se le ordena hacerlo sin poseer poder compra, de un pueblo al que se le empobrece hasta la indigencia y se le empuja a la delicuencia para beneficio de las elites empresariales, burocráticas, tecnocráticas y partidocráticas.
Y esto progresivamente torna la podredumbre en descarada. Hubo una vez en el que el corrupto se avergonzaba de sus hechos. Hubo una vez que el delincuente actuaba con discreción, Hubo una vez que los gánsteres sentían rubor cuando les descubrían sus fechorías.
Pero ya no: la podredumbre ha dado un salto cualitativo. Ni se ruboriza ni se avergüenza. Más bien siente orgullo de ser lo que es. Solo eso explica que a la estafa escandalosa de la Sun Land le suceda el escándalo de sobre-valuación de la suntuosa remodelación del Palacio de Bellas Artes, orquestada por los mismos personeros.
Explica que la Suprema Corte de Justicia haya evacuado (en este caso el término no es solo jurídico) la mostrenca sentencia sobre el recurso de inconstitucionalidad del caso Sun Land.
Explica que la nueva Cámara de Cuentas, encargada de velar contra la corrupción y las irregularidades administrativas, haya atracado sus propios fondos, tal y como lo hizo la anterior
Explica los indultos a los condenados por el robo del Plan Renove y por la estafa de Baninter.
Todo esto embarra a todos los poderes del Estado. Ninguno escapa a la podredumbre sin rubor. Corrupción e impunidad se abrazan en su seno dentro de una práctica abierta, descarada, sin muecas ni disfraces.
Esta serie gansteril estalló y se desplegó en apenas tres días, un episodio tras otro, después que la cúpula de la Marina de Guerra evidenciara su condición de guarida de peligrosos carteles de la droga y de oficina para turbios negocios; y después que el caso de la avioneta y del piloto Adrián Jiménez volviera a evidenciarse hasta donde el sistema aeroportuario ha ido sobornado por las mafias del tráfico de personas, dinero droga y armas. Y nunca aparecen ni los generales ni la droga.
¿Por qué no hay cárceles para todos estos malandros de cuello, corbata y charreteras?
La respuesta es simple: porque los gestores del gobierno no pueden apresarse a sí mismos, mucho menos devolver lo que se roban. Porque la delincuencia no persigue, ni apresa, ni condena delincuencia. Optan mejor por decir que la guarida del delito esta en la Zona Colonial de la Capital, porque allí pululan unos cuantos palomitos hambrientos que roban carteras, celulares y cadenas a turistas y transeúntes. Y así salvan su alma enferma.

